Esperando a Superman

En medio del debate nacional por las drogas, los funcionarios sanjuaninos protagonizaron una pelea sin sentido, mientras los centros de recuperación de adicción denuncian abandono y demora en los pagos. ¿Cuántas personas más deben morir para que debatamos en serio?


 

superman

Por Graciela Marcet

Murieron cinco de un solo golpe y no fue un cuento. Eran jóvenes, de carne y hueso, de presente y futuro por delante, como dijeron sus padres. Y en una sola noche perdieron la vida por meterse en la trampa mortal de drogas elaboradas por vaya a saber quién, cómo y dónde. Inmediatamente llegó el horror y el escándalo, en los centros de salud que los atendieron, en los amigos y familiares que sufrieron la tragedia, en los medios, en la Policía y en la Justicia.

El debate también llegó a las provincias que, aunque alejadas del pequeño centro que define qué es lo importante en la Argentina, sufren de igual manera las muertes de jóvenes que también tienen sueños e ilusiones, aunque sus vidas parezcan no ser tan importantes como para ocupar tantas horas de TV.
Así pasamos la semana, hablando del éxtasis, de la música electrónica, del agua y del dejavú que significa vivir en un país que vive esperando nuevos Cromañón para empezar a discutir lo que sucede hace años a la vuelta de la esquina. Todos le echamos la culpa a Superman y a los malditos Breaking Bad que utilizaron a los jóvenes como conejillos de indias. La responsabilidad pasó a ser de los padres que “no le enseñaron a sus hijos que la droga mata” o de los organizadores de una fiesta que cierran el agua del baño para seguir ganando, cueste lo que cueste y caiga quien caiga. Como si la rabia que nos genera esta noticia pudiera concentrarse en un par de chivos expiatorios, en lugar de pensar que, en realidad, el problema es mucho más grande. Porque detrás de todo, está el Estado cómplice de la criminalidad del negocio perfecto. Un sistema que se alimenta de los que quieren “volar” para sentirse los mejores, como manda la misma sociedad que luego se horroriza por la forma en que buscan ese fin inalcanzable.

La mayoría de las pastillas que se venden en la noche cuentan con contaminantes muy tóxicos.
La mayoría de las pastillas que se venden en la noche cuentan con contaminantes muy tóxicos.

Sanjuaninos en el ring
Sin llegar a un planteo más de fondo, el debate se instaló en San Juan. Como pasó en el resto del país, lo importante fue mostrar, igual que en la escuela, que algo se sabía sobre el tema. Si estás flojo en la materia, sacá la guitarra, hablá de cualquier cosa y hacé de cuenta que estudiaste pero no te quedés callado, decían los compañeros. Y al parecer esa fue la estrategia que siguieron muchos. El que más se lució fue el juez federal Leopoldo Rago Gallo, que salió del ostracismo para asegurar que a diferencia de lo que sostiene el Ejecutivo Provincial, en San Juan no solo existe venta sino también “cocinas” de drogas sintéticas.
A partir de ahí, la ola de cruces fue imparable. El secretario de Seguridad, Gustavo Fariña, pidió “no comprar la problemática porteña” al asegurar que la circulación del éxtasis en San Juan es mínima y sacó a relucir la cantidad de operativos que realiza la Policía para luchar contra el narcotráfico. “Si el juez sabe dónde están los talleres, esperamos las órdenes de allanamiento” respondió en línea con las declaraciones del ministro de Gobierno, Emilio Baistrocchi, que también defendió su gestión.
Mientras el juez seguía haciendo gala de su conocimiento sobre el tema, varios periodistas le recordaron su poca autoridad moral en la materia, después de la “desaparición” de unos cuantos kilos de droga en su Juzgado y después del oportuno silencio que guardó en los tiempos en que temía ser destituido por la fuga de los represores Olivera y De Marchi. Fariña y Baistrocchi también ligaron por decir que acá no pasa nada, mientras los responsables de los centros de recuperación dan cuenta de lo contrario.
Algunos periodistas dieron mensajes altamente constructivos y republicanos al instar a los miembros del Ejecutivo a “mandar a callar” a los jueces y propusieron soluciones tan útiles como “hacer una rinoscopia a los funcionarios de todos los Poderes del Estado para ver si consumen drogas o tienen adicciones”. Pero en medio del revuelo también surgieron otras voces, que llamaron a dejar la pelea para tratar lo más urgente. Así se escuchó a Raúl Ontiveros, del programa Lihué, que confirmó el aumento del consumo de éxtasis en San Juan y realizó una importante denuncia. “Cuando el Estado demora pagos durante meses o ante el salvaje aumento inflacionario no actualiza los valores que se paga a las instituciones que se dedican a rehabilitar personas, es otra forma cruel de abandono” aseguró en una publicación que fue respaldada por organizaciones similares.

En la Argentinael uso de como marihuana, cocaína o pasta base está entre los 10 factores de riesgo de enfermedad y discapacidad.
En la Argentinael uso de como marihuana, cocaína o pasta base está entre los 10 factores de riesgo de enfermedad y discapacidad.

De la pelea a la inacción
¿Por qué hablamos tanto de los cinco jóvenes que murieron en Costa Salguero y no de todos los que mueren por paco o exceso de alcohol en lugares menos “top”? fue la pregunta que muchos se hicieron ante la perversión de un sistema que considera que algunos son más humanos que otros. La respuesta se centró en lo obvio: no podemos (y no queremos) hablar de todos los males que suceden a diario en el país. Y hay que hacerse cargo: elegimos con qué vamos a escandalizarnos y con qué hacer la vista gorda. Hasta que las pestes que creemos ver de lejos en el mundo suburbano llegan irremediablemente a nuestro mundo “normal”. Y ahí sí arde Troya y los medios pasan semanas discutiendo cómo rescatar a “nuestros jóvenes”, una frase que alude solo a los de sectores acomodados de la ciudad donde Dios atiende.
Las vidas de las familias que perdieron a sus hijos ya nunca serán iguales. Pero lo que no parece cambiar es la forma en que actuamos como sociedad. No solo pasa con la droga, el alcohol o los “accidentes”. Nos pasa con todo. Lo vivimos con el estado de las rutas y el transporte, con la falta de inversión en escuelas, hospitales y edificios públicos, que exponen a la gente a cualquier tipo de peligro, o con la falta de protocolos e infraestructura ante fenómenos como sismos, vientos o inundaciones. Año tras año y década tras década nos lamentamos de muertes masivas que cada tanto llegan para sacudirnos un rato e iniciar de nuevo la secuencia. Espanto, indignación y acusaciones son la antesala de las dos semanas de discursos políticos y mediáticos que repiten que “algo hay que hacer para que no vuelva a pasar”. Hasta que el hastío cierra el círculo en la conveniente frase “vamos a debatir el tema seriamente”. Pero ese momento nunca llega.

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Esperando el milagro
Sabemos que la lucha no es fácil y la esperanza se desmorona cuando vemos que la pierden hasta los países que más invierten en ganarla. Pero nosotros colgamos los guantes antes de subir al ring. “Hacemos operativos, damos charlas en las escuelas y creamos centros de prevención” aseguran los designados para resolver el problema. Y puede ser que lo hagan. Pero cuando sucede un hecho trágico, nos enteramos que no hicieron tanto como dicen y que ni siquiera enviaron los fondos a donde debían.
Una vez más, el tema se cierra en un círculo vicioso. Y mi pregunta es ¿no hemos tenido suficiente? ¿Cuántas personas más deben morir para que el tema deje de ser una “asignatura pendiente”? ¿Cuándo nos daremos cuenta que no basta con una charla aislada para educar a los niños y adolescentes, que son incitados diariamente a vivir sin límites para “no ser un boludo”? ¿Hasta cuándo vamos a esperar el milagro? Difícilmente alguien tenga la respuesta. Pero sin dudas es el momento de dejar de echar culpas al de al lado para salvar el propio pellejo. Y es tiempo de que alguien decida coordinar estrategias a largo plazo, que tengan como base a una educación social y emocional sistemática.
Mucho se habló del perverso nombre de la pastilla de la muerte. Superman, la promesa a la transformación mágica en un ser todopoderoso que puede volar sin miedo al peligro. Y ahí está el problema, no solo para quienes consumen esta droga sino para todos los que dejamos que esto pase mientras esperamos que alguien mágicamente nos traiga la solución. Lamentablemente, los superhéroes no existen y así nos va por esperarlos y por no apoyar a los que sí son héroes cotidianos. Son las miles de personas que en las ONGs le ponen el hombro a la recuperación de los que la sociedad considera perdidos. Los docentes que hacen a un lado las planificaciones rígidas y obsoletas para educar a los alumnos en el manejo de sus emociones. Los que apuestan a una sociedad distinta, que ve a las personas sin diferenciarlas en “pobres” y “normales”. Los que no pierden la esperanza en los jóvenes, ni en los que tuvieron la desgracia de acceder a la diversificada industria de la muerte. Y los que se animan a vivir sin drogas en el imposible mundo que nos manda a ser sanos, naturales y diferentes, al mismo tiempo que nos exige ser perfectos, iguales y felices, las 24 horas del día.

Aumento. Según el juez federal Rago Gallo, crece el narcotráfico en la provincia.
Aumento. Según el juez federal Rago Gallo, crece el narcotráfico en la provincia.

La base no está
Muchos aseguran que la solución está en la legalización. Otros argumentan que nos falta mucho para ser Holanda y que el narcotráfico siempre encontrará la forma de romper cualquier regulación, si se tiene en cuenta que su objetivo siempre será enfermar. La discusión es muy amplia y si alguna vez la iniciamos formalmente, será muy larga. Pero la falta de claridad en ese sentido no implica cruzarnos de brazos. “Introducir aquí la discusión prohibicionismo – legalización como eje de debate, desconoce el enorme impacto de la dimensión cultural en la definición de las prácticas de consumo” dijo la Federación de Organizaciones No Gubernamentales de Argentina para la Prevención y Tratamiento del Abuso de Drogas (FONGA), después de la tragedia. “Lo primero que surge es la necesidad de consensuar un Plan Nacional de Prevención de las adicciones que cumpla con los requerimientos básicos de continuidad en el tiempo, objetivos claros y evaluables, que trasciendan a los intereses de las administraciones políticas de turno y se constituyan en verdaderas Políticas de Estado para las generaciones venideras” dice el comunicado de FONGA. Y creo que es la dimensión cultural hacia donde deben confluir nuestros esfuerzos.

No podemos esperar que todos los padres sean expertos en prevención de adicciones ni que todos los hijos tengan la inteligencia emocional para alejarse de lo que puede matarlos. Pero por eso mismo, no podemos seguir esperando para empezar a construir las bases: con la asistencia integral a las instituciones que trabajan en la recuperación y prevención; con la educación formal sobre este y otros temas que en San Juan siguen siendo tabú y con la coordinación de acciones entre los distintos sectores del Estado para atenuar los daños de lo que ya no puede ser negado. Dejemos de esperar a Superman. Y si no, nos vemos en la próxima tragedia.

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