AMOR ETERNO: Dos sanjuaninos se prometieron matrimonio pero un viaje familiar cambió sus planes

Eran muy jóvenes, se enamoraron profundamente y prometieron casarse y amarse por siempre. Pero todo cambió cuando él tuvo que viajar con los padres hacia un país donde el destino tenía su propio plan inesperado.

No hace tanto, hubo una época en la cual el amor fluía de otra manera. Sin redes y con apenas unos pocos teléfonos celulares, el romance parecía no necesitar de la aceptación ajena y era más bien una cuestión de a dos, no de dos a la espera de unos cuantos “me gusta”.

La historia de este amor tuvo su comienzo en el mes de febrero del año 1995, justo antes de la nueva era, en un baile de carnaval en la provincia de San Juan. Patricia tenía 17 años cuando divisó al otro lado del salón a Pablo. Él tenía 18, era alto, corpulento y estaba por cursar el último año del colegio técnico. Esa noche hablaron hasta el amanecer sobre sus vidas, sus gustos y sus sueños. De pronto, ellos habían ingresado a un mundo propio de dos habitantes; un lugar que se sentía seguro y mágico.

Al día siguiente, domingo, él fue a visitarla y charlaron por horas en la vereda, tal como se acostumbraba por aquellos tiempos. Y el lunes, sin demasiado preámbulo, él le preguntó si quería ser su novia. Patricia le dijo que sí sin dudarlo; él le transmitía sinceridad, paz y amor.

Una conexión inexplicable

Durante ese verano no se separaron jamás. Iban al cine, salían a cenar, a pasear en bici, a la pileta y tanto más. Conectados de manera inusual, a veces ni necesitaban hablar para entender lo que el otro sentía y quería. Las palabras eran siempre las justas. Fue por eso, que al final del aquel verano comenzaron a planificar su futuro juntos. Ella estudiaría Diseño Gráfico y él Ingeniería; se casarían, tendrían hijos y buscarían vivir cerca de ese rincón de la naturaleza que ambos amaban. Para sellar aquellos maravillosos sueños, Pablo compró dos anillos y se prometieron amor eterno.

Pero un día todo cambió y el mundo se les cayó a pedazos. Por trabajo, la familia de Pablo debía trasladarse a Honduras. Ante la terrible noticia, hicieron lo posible por evitarlo y lucharon hasta el cansancio por su amor. Él rogó quedarse con la abuela y ella trató de interceder a través del hermano, pero nada pudo frenar la llegada de aquel día en el cual, en la puerta de la casa de Patricia, él le dijo que era una decisión tomada: debía irse. Entonces, abrazados, lloraron hasta perder la noción del tiempo.

No es fácil que fluya un amor a la distancia y menos lo era por aquellos días, sin internet ni redes sociales. Cada semana intercambiaban innumerables cartas y, cuando podían, se escondían de sus padres para hablar por teléfono. Después llegaban los retos por las facturas altas, pero a ellos no les importaba. Necesitaban uno del otro y eran fieles a su compromiso de amarse por siempre.

Pasaron los meses y Pablo estaba muy triste. No le gustaba el nuevo lugar, extrañaba a su amor y quería escaparse. Patricia, por su lado, estaba muy enojada con la madre de él porque lo había obligado a viajar y no lo había dejado vivir cerca de su amor. Pero justo cuando creyeron que no podrían aguantar más, llegó diciembre y Pablo regresó junto a su familia de visita. Fue el mes y medio más feliz de toda su vida. Con ese viaje repentino, ellos volvieron a pelear por su amor y a suplicarle a la madre que aproveche y lo deje quedarse. Ella les prometió que en abril Pablo iba a regresar pero que, mientras tanto, él debía permanecer con su familia.

No habrá un abril

Hablaron el 21 de enero. Era el cumpleaños de Patricia, que lo anhelaba cerca pero que estaba agradecida por escucharle la voz. Después de ese llamado, volvieron a hablar el 23. “No va a ser posible.”, le dijo Pablo, “trasladan a papá a Panamá y me tengo que ir con ellos. Lo de abril, no va a poder ser.” Por primera vez, Patricia se enojó. Y mucho. “Esto es el fin. No te voy a ver más”, le dijo y Pablo le suplicó que no se rindiera. “Te prometo que voy a seguir luchando por nuestro amor.”

El 26 de enero hubo un nuevo llamado desde Honduras, pero esta vez no era Pablo. El padre de Patricia fue el que atendió el teléfono. Ella no olvidará jamás aquel instante, cuando desde su cuarto, pudo observar a través de la ventana a su papá y su mamá en el patio, abrazados, llorando. No era para menos, Pablo, de alma tan noble y personalidad afectuosa, se había ganado el corazón de toda la familia.

Fue su mamá la que le dijo que había muerto en un accidente de tránsito, junto a otros dos compañeros de colegio.

El verdadero amor no muere jamás

Primero fue el fin. Se había ido el amor de su vida, el hombre con quien había proyectado todo. Sentía tristeza, pero también culpa por haber discutido con él la última vez que pudo escucharle la voz, y bronca con la madre por no permitirle vivir el amor como él hubiera querido. Se quiso ir con él, dejar ese mundo que no valía la pena, pero detuvo sus impulsos al pensar en sus propios padres, ya desconsolados por la pérdida de Pablo. No podía exponerlos a semejante sufrimiento.

Por eso, Patricia tomó coraje y decidió seguir adelante. Fue el desafío más difícil de su vida y tardó años en descubrir algo increíble: en un mundo frenético y fragmentado, el verdadero amor, puro y correspondido, no es común. Y ellos habían tenido el privilegio de vivirlo. Ellos habían sido afortunados. Hay personas que se pasan una larga vida sin conocer el amor jamás.

“Durante muchos años no pude contar mi historia. Si lo hacía, lloraba mucho y después me costaba recuperarme. Pero pude afrontarlo y transformarlo. Pude encontrarle lo positivo, que es que el amor verdadero existe. Que el amor eterno existe. Hoy me siento afortunada porque pude vivirlo de manera pura y sincera. Ya no tengo que llorar cuando lo cuento, ahora puedo sentirme orgullosa de que me haya tocado vivir una historia de amor real. Vale la pena transmitirla con alegría, con felicidad. Una historia con los valores de la fidelidad, la sinceridad, el cariño, la pasión, la mirada profunda. Esa mirada que te hace sentir que no hay nadie más en el mundo. A pesar de que él no está físicamente conmigo, yo sé que está. Y sé que nos vamos a volver a encontrar porque este amor no va a morir nunca. Hoy puedo contar mi historia con una sonrisa.”, dice la protagonista con felicidad sincera.

Patricia también aprendió a dejar atrás las broncas. Sobre todo, aprendió a entender a la madre de Pablo y a comprender que lo sucedido no fue por culpa de ella sino que fue el destino. Hoy ambas están muy unidas y se visitan siempre. Patricia ve en ella a una mujer luchadora y fuerte; una mujer de gran corazón. Hoy sabe que el amor es más fuerte que cualquier otro sentimiento y que a ellas las une un lazo profundo. Ambas comparten a un mismo ángel guardián.

Fuente: La Nación

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