Un tumor cerebral al empezar el embarazo la llevó a tomar una difícil decisión

La esposa de Miguel desarrolló un tumor cerebral mientras cursaba el tercer mes de su tercer embarazo; los médicos indicaron interrumpir la gestación pero una corazonada materna dio un giro inesperado a la historia.

“Vas a ser viudo muy pronto”, le dijo a Miguel su amigo y cirujano del Hospital Zubizarreta mientras tomaba un café, secaba las lágrimas que corrían por sus mejillas y examinaba con preocupación y desesperanza los estudios que Margarita, la esposa de Miguel, se había hecho recientemente por una serie de convulsiones que había empezado a sufrir. Y acto seguido le consiguió al matrimonio un turno con un colega que, en ese entonces, era Jefe de Cátedra de Neurocirugía en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires para que evaluara el caso. Es que Margarita estaba cursando el tercer mes de su tercer embarazo, había desarrollado un tumor en su cerebro y todo indicaba que la mejor opción para poder salir de aquella situación era interrumpir el desarrollo del feto.

“Con estos estudios, si usted fuera mi paciente yo la tendría que operar: a más tardar la semana que viene, -aseguró el médico de la UBA- pero ocurre que justo en esta etapa de su embarazo se está conformando el sistema nervioso del feto en gestación y la anestesia y el tiempo que dura esa anestesia, más cualquier otro imprevisto haría que luego el niño o la niña nazca con defectos o deficiencias mentales o en su sistema nervioso…así que la indicación de interrumpir el embarazo no es desacertada”, dijo sin titubear. Miguel y Margarita se miraron en silencio y no pronunciaron una sola palabra. Agradecieron al profesional por el tiempo dedicado a atenderlos y salieron del consultorio. El viaje de cinco pisos en ascensor y sin hablar hasta la planta baja fue el más largo que jamás recorrieron juntos en su vida.

La pareja regresó entonces con poco ánimo a los médicos de cabecera de Margarita con la ilusión de encontrar una respuesta diferente. Pero los argumentos fueron los mismos: que a medida que crecía el embarazo, aumentaría la presión intracraneana y probablemente eso hiciera que en los últimos meses de gestación Margarita entrara en coma; no se podía hacer radioterapia, precisamente por el embarazo y las opciones eran cada vez más reducidas. “Una vez incluso los médicos me llamaron por teléfono con la indicación de que fuera yo solo a la consulta. Y fue para decirme lo mismo”, recuerda Miguel.

Finalmente, Miguel y Margarita fueron una vez más a hablar con el equipo que estaba atendiendo a la mujer: querían explicarle los detalles sobre la operación y los riesgos y, eventualmente, convencerla de interrumpir el embarazo. Pero el instinto materno es una corazonada que raras veces se equivoca y, luego de escuchar atentamente todo lo que los expertos tenían para decir, Margarita no titubeó mientras señalaba con su índice el techo del consultorio: “el que interrumpe es el de arriba, así que yo voy a tener a mi bebé, lo voy a amantar por un año y medio y ahí sí recién voy a venir para que me operen y hagan conmigo el tratamiento que quieran”.

Y así ocurrió el milagro de la concepción dentro del cuerpo enfermo de Margarita y el embarazo llegó a término. “¿Qué otro nombre le podríamos haber puesto a nuestra hija recién nacida y de quien no supimos el sexo hasta el momento de su nacimiento? La llamamos Milagros”, dice Miguel con una sonrisa. En el sanatorio donde nació la beba un equipo asistió a la mamá y a Milagros durante el pre y post parto: un neurólogo, un neonatólogo, un cardiólogo infantil, un anestesista, una psicóloga y el obstetra. “El neonatólogo nos explicó que el bebé según la ecografía estaba bien, pero que nacería con menor peso del indicado y que iría a la incubadora. El anestesista nos dijo que nacería dormido, pero que no era nada grave. Pero nuestro milagrito finalmente nació con 300 gramos más de lo previsto, no nació dormida, lloraba ni bien la sacaron y no fue a la incubadora”, dice orgulloso Miguel.

Un año y medio después del nacimiento , Margarita fue operada y más tarde recibió radioterapia. “Quedó maravillosamente bien por diez años. Hacía todas las tareas de la casa, se ocupaba de las niñas, de llevarlas al colegio, cocinaba comidas exquisitas, manejaba su auto y hasta empezó a estudiar abogacía. Pero un día, justo un domingo de agosto en el Día del Niño, tuvo un accidente cerebrovascular (ACV) hemorrágico”, explica Miguel.

A raíz del incidente Margarita quedó sin habla y sin poder movilizarse. Lentamente logró re-aprender algunas de sus capacidades motrices y se esfuerza por seguir comunicándose verbalmente. Luego volvió a ser operada. Milagros por su parte aprendió a tocar el acordeón y gracias al esfuerzo de sus padres estudia música. Gana para sus gastos y para costear sus estudios tocando en el tren de la línea Urquiza entre las Estaciones de Federico Lacroze y Ejército de los Andes. Lleva en su sangre los ritmos del litoral de sus padres -su mamá es de la provincia de Misiones y Miguel del Chaco- y los honra con su amor por la música.

Fuente: La Nación

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