De héroes y farsantes

En un escenario político y social conflictivo, los trabajadores de prensa son hoy el blanco de elogios, odios y adhesiones fanáticas. ¿Cuál es el rol de los comunicadores ante la caída de los grandes relatos? ¿Qué desafíos imponen la tecnología y los poderes a los periodistas argentinos?


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Por Graciela Marcet.-

“Quiero más una libertad peligrosa que una servidumbre tranquila”, dijo el célebre secretario de la Primera Junta de Gobierno, Mariano Moreno, en una frase que marcó los ideales revolucionarios de Mayo y que sigue resonando como mandato para los periodistas que conmemoramos el 7 de junio en honor a la aparición de la Gazeta de Buenos Ayres. Desde aquellos días en que el periodismo fue actor protagónico del primer grito de independencia, los 200 años de la Argentina como nación estuvieron siempre ligados a este apasionado y sufrido oficio. Criticado, elogiado, defendido, amenazado, perseguido y censurado, el periodismo no solo actuó como registro de la historia reciente, sino fundamentalmente como instrumento de cambio, alimentado por una industria de producción y distribución de la información, como también por empresarios, editores y periodistas de carne y hueso, con ideales, intereses, presiones, miedos, grandezas y cobardías.

Hoy es en ellos en quienes más ponemos nuestra mirada. No solo hoy por el Día del Periodista, una fecha que se vuelve solo una excusa para pensar para qué sirve lo que hacemos. En un presente agitado, cambiante y maniqueo, los trabajadores de prensa están en el centro de la escena, un día como héroes, justicieros y voceros de los que no tienen voz y otro día como farsantes, mafiosos y traidores a la Patria. Sin caer en un ataque generalizado ni en una inútil defensa corporativa, la verdad es que todos ellos existen. Ya ni siquiera hace falta estar de este lado del micrófono para saberlo. En la era de la información, somos más capaces de advertir la mentira y el error del editorialista famoso como los logros del cronista de barrio.

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Los especialistas en tecnología dirán que fueron las redes y la revolución del huracán Internet. Los historiadores afirmarán que fue el posmodernismo el que barrió para siempre con los grandes relatos. Y en la Argentina probablemente le echemos la culpa a nuestro indescifrable “gen argentino”, si es que existe algo como eso. O por qué no a la famosa grieta, que nos llevó a estudiar con obsesión cada palabra de los comunicadores que veneramos como santos si dicen lo que esperamos escuchar y que odiamos con locura si su relato no encaja con nuestro modelo para armar.

“Los medios no son objetivos” dice todo el que detecta el falso ideal sobre el que se edificó toda una tradición científica y cultural.

Con ese combo explosivo, no queda otra salida: caen los grandes mitos sobre la comunicación de masas y se extiende una idea que muchos descubren como al truco de un mago. “Los medios no son objetivos” dice todo el que detecta el falso ideal sobre el que se edificó toda una tradición científica y cultural. Aunque hoy sigue siendo usada como bandera de un periodismo “despojado de intencionalidad”, “la objetividad no existe en ningún aspecto de la vida, ni en el periodismo de ningún lugar del mundo”, como bien expresa Natalia Locco. Descubrir que detrás de toda noticia hay una particular mirada que lleva a poner el foco en un acontecimiento y no en otro, conduce a muchos a rechazar la idea de verdad que construyó el periodismo y la ciencia en general. Es verdad, no somos objetivos y es bueno que lo sepamos. Pero la subjetividad inherente a nuestros relatos no se debe, en principio, al deseo malintencionado de manipular, desinformar o engañar, aunque muchas veces así suceda. Responde principalmente a la esencia humana, que nos impide separarnos del contexto, la sociedad y la historia de la que somos parte, y que da sentido a lo que elegimos contar.

El desafío que tenemos como periodistas no es entonces lograr el imposible de la objetividad, sino abrazar la profesión con ética, sentido crítico y responsabilidad, especialmente por el modo en que influimos en la sociedad. Desde la nota de espectáculos más “liviana” hasta el análisis político más profundo, los relatos que hacemos ayudan a constituir la sociedad y a darle una forma particular. Como dice Tuchman, “la noticia está definiendo y redefiniendo, constituyendo y reconstituyendo permanentemente fenómenos sociales”. La conciencia sobre ese rol no desmerece al periodismo. Por el contrario, representa un enorme compromiso que nos obliga a mirar hacia adentro para revisar cada día lo que hacemos.

Desde la nota de espectáculos más “liviana” hasta el análisis político más profundo, los relatos que hacemos ayudan a constituir la sociedad y a darle una forma particular.

¿Por dónde empezar? Habrá tantas propuestas como miradas de la comunicación. Pero a mí me gustaría volver a las bases para dar sentido a la estructura, muchas veces inerte, que significa la noticia. “Se empieza por las cinco W del periodismo clásico norteamericano: qué, quiénes, cuándo, dónde y por qué” dicen todos los manuales. Sumergidos en la vorágine de redacciones que no esperan, los periodistas solemos aplicar fórmulas, muchas veces sin pensar en las consecuencias de seguir la receta al pie de la letra. Hacernos cargo de nuestro rol como comunicadores implicaría repensar qué acontecimientos elegimos para exponer a la opinión pública y qué nos lleva a relegar otros; qué actores sociales tienen más presencia en nuestros relatos y a quiénes ignoramos; qué momento histórico estamos atravesando y qué hacemos para impulsar una sociedad más plural, democrática y con igualdad de oportunidades; cuál es el escenario político y social en el que actuamos y cómo contribuimos a mejorarlo; cómo abordamos cada tema que tratamos y con qué fin ocupamos espacios en los diarios, la radio, la tele o internet.

En algo coincidirán todos: no es tarea fácil. Pero como dice el guatemalteco Marcelo Colussi, “más allá de la imperiosa necesidad de trabajar para asegurar la propia subsistencia, la disyuntiva que se plantea es: ¿se trabaja para continuar con este sistema o para proponer otro?”.

Porque más allá de los problemas, el periodismo abre una gran posibilidad: la de proponer y cambiar, la de desafiar y redefinir, la de equivocarse y volver a empezar.

La tecnología es una gran ayuda para acercarnos a lo que queremos; y nuevas formas de comunicación, más abiertas y participativas, se imponen por fuera de los medios tradicionales que concentran el poder. Pero sin el compromiso humano, la tecnología puede jugar en contra. “La comunicación social y todo su creciente arsenal tecnológico deben servir para fomentar desarrollo genuino, para afianzar la democracia de base, para buscar el bienestar para todos, y no estar al servicio de ninguna opresión. Si no es así, se termina convirtiendo en cómplice (o en actora principal) de la explotación”, sintetiza Colussi. «El periodismo es libre o es una farsa», dijo el gran Rodolfo Walsh, el mismo que dijo que “escribir es escuchar”. Tironeados constantemente por distintos poderes, nos encontramos siempre en las mismas encrucijadas: qué problemas vamos a analizar y qué modelo de sociedad vamos a promover.

Desde el pequeño lugar que nos toca ocupar a la mayoría de los periodistas, que no somos dueños de medios ni ocupamos grandes lugares de decisión, el desafío suena imposible, casi utópico. Pero qué sería del periodismo si no pensáramos que algo (por mínimo que sea) podemos cambiar, aunque solo salgamos a la calle con un grabador y una lista de preguntas. Qué triste sería si antes de intentar, abandonáramos el deseo de aquella peligrosa libertad por la que dieron su vida Mariano Moreno, Rodolfo Walsh y todos los que se negaron a una vida de mansa servidumbre. Qué doloroso sería dejar de buscar, dudar, comparar, preguntar y sobre todo, de aspirar a escribir lo que soñamos. Porque seguramente haya muchos farsantes y muy pocos héroes. Pero confío en que más allá de la pauta, las extorsiones, la fama y los falsos laureles, todavía son muchos los que, antes de escribir, están dispuestos a escuchar.

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