Emotiva historia: Terminará el secundario con el mejor promedio y abanderada a los 63 años

Delia Acosta, tiene 63 años y cinco nietos. En 2015 se anotó en el Centro de Educación Secundaria para Adultos (Cespa) N°8, en Corrientes, con el objetivo de terminar el secundario. Cuatro años después lo hará con el mejor promedio y siendo abanderada. Una verdadera historia para compartir.


«Al principio quería decir que no, me daba vergüenza. Cuando lo conté en mi casa se reían, pensaban que les estaba mintiendo. Y la primera vez que entré al salón de actos estaba muy nerviosa. Vinieron mis hijos, mi marido. Mis nietos querían ver a su abuela llevar la bandera», dice Delia, que a fin de año recibirá su título secundario. No lo sabe, pero será un acto donde la premiarán con honores.

«No me acuerdo mucho de mi niñez», se apura a responder antes de que le sigan preguntando sobre esa época. Y se excusa, como un mecanismo de defensa: «A veces mejor no acordarse». A los 18 llegó a Corrientes. Vino a visitar a una prima que vivía en Itatí y se quedó.

«Vine sola. Me consiguieron un trabajo en una casa de familia, pero no me gustaba, no me trataban bien. Después trabajé en una santería con una familia chilena, y unos años más tarde una tía me trajo para Corrientes capital y no me fui más. Tenía unos 20 años y al poco tiempo conocí a mi marido. En el ’76 nació mi primera hija, que ya tiene 42 años».

Después llegaron otros tres hijos más y un trabajo a medio tiempo como empleada doméstica. Sola, con el resto de su familia en Paraguay y su esposo que trabajaba como policía, no tenía mucho tiempo para pensar en terminar el colegio. Sus hijos sí iban a la escuela. Cueste lo que cueste, para Delia la educación siempre fue lo más importante. «Yo quería y no había podido», refuerza.

Con treinta y pico y sus hijos ya un poco más grandes, un día una amiga le contó a Delia que en el Banco Nación buscaban una empleada para servir café. «Pero pedían el primario completo. Y ahí mismo dije que no podía esperar más. Mis hijos iban a la mañana a la escuela; yo empecé a cursar de noche. Y terminé la primaria».

Pasaron otros casi 30 años más hasta que decidió subir otro escalón. «Me decían que para qué. Que ya estaba grande, que ahora estaba cuidando a mis nietos. Que la secundaria me iba a costar mucho -recuerda-. «Ahora, en cambio, todos me alientan». Sus amigas la felicitan, los docentes en la escuela la mencionan como ejemplo, sus compañeros la admiran, y su familia la acompaña.

En eso también está Delia, que duda entre derecho y psiquiatría. «A veces pienso que ya está, que cumplí mi sueño de terminar el secundario. Pero me gusta estudiar. Cuando todos se van a dormir disfruto de ese momento para mí. Me voy a la sala, me preparo un té y abro el cuaderno. O me siento enfrente de la computadora y el tiempo pasa volando».

Con información de La Nación

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