Transplante de órganos: su hijo murió pero le salvó la vida a cinco personas

Una familia cuenta como logró que su hijo siga viviendo en otras personas.


«Ma, estoy yendo. La dejo a Flor y voy para lo de la abuela ¿Qué hay de comer?». Eso fue lo último que Lucas Martínez Freccero le dijo a su madre, Gabriela Bravo, por teléfono el domingo 12 de junio de 2016 a las 13.45. Minutos después el teléfono de Bravo volvió a sonar pero esta vez no era su hijo. «Lucas tuvo un accidente», le dijeron del otro lado. Dos días después Lucas falleció, pero sus órganos le salvaron la vida a cinco personas.

Martínez Freccero, de 19 años, circulaba en su moto junto a Florencia Fecha, de 20. Iban por la ruta 40, ex 200, mano a Mariano Acosta, en la localidad de Marcos Paz, cuando una camioneta Volkswagen Amarok blanca que venía del otro lado del boulevard que divide ambas direcciones de esa vía, dobló en U. Los reflejos de Martínez Freccero no reaccionaron a tiempo para esquivar el vehículo y chocaron. Fecha murió en el acto y Martínez Freccero quedó con muerte cerebral, pero su corazón seguía latiendo. Iban sin casco.

Lucas Martínez Freccero, de 19 años, junto a Florencia Fecha, de 20 años, en el festejo de los 18 años de Lucas, un año antes del accidente
Lucas Martínez Freccero, de 19 años, junto a Florencia Fecha, de 20 años, en el festejo de los 18 años de Lucas, un año antes del accidente

Bravo es una docente de 47 años y actualmente trabaja como preceptora en un colegio. Antes de comenzar a hablar, Bravo coloca una botella de jugo, individuales, vasos y un plato lleno de galletitas sobre la mesa, en el living de paredes amarillas, en su casa, en la localidad de Marcos Paz. Minutos después llega el padre de Lucas, Gastón Martínez Freccero, carpintero, de 46 años. La hermana de Lucas se llama Milagros, tiene 12 años y va a la escuela.

Milagros junto a su hermano Lucas
Milagros junto a su hermano Lucas Fuente: LA NACION – Crédito: Ignacio Sánchez

«Cuando llegué al hospital, el médico me dijo que lo iban a entubar por precaución. En ningún momento me dijeron la gravedad», cuenta Bravo. En primera instancia, su hijo fue llevado al Hospital Municipal Dr. Héctor J. D’Anguillo, de Marcos Paz. Luego fue trasladado al Instituto de Diagnóstico La Plata.

Bravo cuenta que al momento del traslado desde el hospital de Marcos Paz a La Plata necesitaba una autorización del Instituto de Obra Médico Asistencial (IOMA), pero como era domingo nadie atendía. Pudieron realizar el traslado ese mismo día alrededor de las 18 gracias a que un vecino trabaja en IOMA y fue a la oficina e hizo el pedido. Según la mamá de Lucas, la autorización hubiera tardado 48 horas y de esa forma no hubiera llegado a tiempo para donar los órganos.

Helicóptero

El traslado inicialmente iba a ser en helicóptero pero finalmente fue en ambulancia y en el trayecto tuvieron un inconveniente. «Se quedaron sin oxígeno, la enfermera que iba atrás con Lucas le hacía el oxígeno manualmente», dice Bravo.

«Cuando llegamos a La Plata nos recibió el cirujano. Después de hacerle la tomografía, nos dijo la gravedad de lo que tenía Lucas. Me mostró que se había desnucado».

Lucas Martínez Freccero entró a la sala de operación alrededor de las 22. A las 4 de la mañana salió el doctor y les comunicó a los padres que la operación había sido un fracaso. «No pudieron hacer que Lucas vuelva», dice Bravo. Pero había que esperar 48 horas por ley. «Iban transcurriendo las horas y él no mejoraba, le iban sacando la medicación. Nos dijeron que lo operaban porque era chico, por eso le daban la posibilidad de vida. Si era más grande no lo operaban porque no había nada por hacer».

Bravo cuenta que esas largas 48 horas fueron las peores. «Porque más allá de que el médico nos dijo desde el primer momento la gravedad, no lo podíamos creer. Creíamos que iba a reaccionar, que iba a estar bien y que de ahí nos íbamos a volver todos». Pero Lucas no reaccionó en ningún momento. Pasó todo el lunes y todo el martes, hasta la noche. «Cuando le agarré la mano y vi que se estaba poniendo de otro color, me di cuenta. Ahí fue cuando le dijimos al doctor que íbamos a donar los órganos de Lucas».

Dolor

«Lo que nos pasó a Gastón y a mi en el momento que estábamos con Lucas en el hospital, es que es tanto el dolor que uno siente de no poder hacer nada por la persona a la que uno le dio la vida, que entonces nos aferramos a que él sí podía salvar otras vidas. En el medio del dolor, nosotros pensamos en el que estaba sufriendo. Eso nos impulsó a que se haga la donación de órganos. Lo hablamos con el médico en ese momento. Y no es que uno lo piensa antes, porque uno no está pensando que le va a pasar eso a su hijo», explica Bravo.

Los padres de Lucas cuentan que, en su momento, el médico dijo que él iba a ser donante de corazón, de los pulmones, del hígado y los riñones. También les dijo que el corazón era para una chica de 19 años.

El día que se retiraron del hospital en La Plata, le entregaron un Acta de Testimonio de Última Voluntad. «Cada donante tiene un número, como si fuese el DNI, con el cual uno llama al 0800 y le dan la información», explica Bravo. En ese momento le comunicaron que su hijo podía ser donante de seis personas.

Un año después de la muerte de Lucas, sus padres recibieron una carta del Centro Único Coordinador de Ablación e Implante Provincia de Buenos Aires (Cucaiba) con fecha del 13 de julio de 2017, donde le informaban lo siguiente:

  • el hígado fue asignado a una persona de sexo masculino de 60 años
  • el pulmón derecho a una persona de sexo masculino de 63 años
  • el pulmón izquierdo a una persona de sexo masculino de 64 años
  • el corazón a una persona de sexo masculino de 34 años
  • el riñón izquierdo a una persona de sexo masculino de 34 años

En esa carta le agradecían «su valiosa actitud al momento de haber respetado la voluntad de Lucas de ser donante».

El padre de Lucas dice que ellos no pidieron que les envíen la carta, sino que desde Cucaiba les habían prometido que se las iban a mandar. La donación se hizo el 15 de junio de 2016 y como pasó un año y no recibieron noticias, llamó y habló con la jefa de Cucaiba. A los dos días la carta llegó.

«Yo estaba enojado porque en La Plata nos habían dicho que el corazón iba para una piba jóven y nada que ver. El médico no tendría que haber dicho nada porque él no sabe realmente. Hay una lista. Nos habíamos aferrado a lo que nos dijeron en un principio», dice Gastón Martínez Freccero.

Bravo cuenta que justo cuando le hicieron la operación a Lucas para que pueda ser donante, vio en Facebook el caso de un chico entrerriano que fue transplantado ese mismo día y durante mucho tiempo lo miraba y le parecía que ese cuerpo era como el de Lucas. «Estuve mucho tiempo pensando que era ese chico y no era», dice.

Carta

«Cuando recibís la carta es un lindo sentimiento, pero igual mi hijo no está. Ese dolor no se va nunca, ni con esa carta ni con nada, pero en cierta forma te da tranquilidad», reflexiona Bravo.

Los padres de Lucas consideran que hay poca información a la hora de tomar una decisión en medio del dolor y que mucha gente tiene miedo. En este sentido Bravo señaló: «Los médicos nos dijeron que si teníamos un médico amigo y quería venir a ver los resultados de Lucas lo podíamos hacer. Fue muy claro».

Bravo cuenta que pasó por todos los estados de ánimo. Al principio estuvo tres meses sin trabajar. Se quedaba sola en su casa, su marido se iba al trabajo y Milagros a la escuela. «Ella a veces lloraba en el colegio y decía que se iba mal si yo me quedaba acá. Pensé mucho en ella y entonces tuve que salir. Si Milagros tenía que ir todos los días al colegio con el mismo dolor de no tener al hermano, yo me tuve que levantar y salir. Volví al trabajo y mi vida ahora es ella. No elegí que ella viva en un eterno duelo. Quiero que, entre todo lo que nos pasó, sea lo más feliz posible.»

Gabriela Bravo y Gastón Martínez Freccero junto a su hija, Milagros
Gabriela Bravo y Gastón Martínez Freccero junto a su hija, Milagros Fuente: LA NACION – Crédito: Ignacio Sánchez

Bravo confiesa que en algún momento «pensó en irse con Lucas», pero que no lo hizo porque «tuvo dos hijos». «Hay días que me levanto y digo no quiero sufrir más, me cansa extrañar, me cansa estar recordando.»

«Ojalá sirva, ojalá podamos ser un empujoncito a que debemos pensar en el otro. Aún en medio de un gran dolor. Nada devuelve a un ser amado, pero alivia mucho saber que ese ser amado pudo dar felicidad a otros», cierra Bravo.

En julio de 2019 se conoció que desde que se aprobó la ley Justina nuestro país alcanzó una tasa de 19,5 donantes por millón de habitantes, lo que supone que por primera vez en su historia, la Argentina tiene cifras cercanas a las de la Unión Europea en materia de donación de órganos.

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