La emoción de Walter al reabrir su café tras una cuarentena que lo dejó al límite

Es uno de los tantos beneficiados con la reapertura de los bares este viernes en una ciudad que de a poco vuelve a ser feliz. Casi cierra, pero sus colegas lo ayudaron para que no lo hiciera.


Fue como el primer día de clase, «la regla nueva, los lapicitos acomodados y el cuaderno impecable abierto sobre el banco». Así, con la misma emoción que un chico de primaria, Walter Bertinat reabrió su café después de una cuarentena que lo puso al límite de sus posibilidades.

Es que llegó a anunciarle el cierre definitivo a sus allegados, pero superó el mal momento a partir de un gesto solidario «increíble, que surgió de la amistad», y ahora se mueve entre las bocas de la máquina de café y las mesas atendiendo a los primeros clientes con un entusiasmo que contagia. En su gesto hay alivio, desahogo.

Lo mismo experimentaron este viernes, en el día 109 del aislamiento, todas las cafeterías de la ciudad que pudieron reabrir. Lo hicieron siguiendo un protocolo firme y definido que les permite brindar desayunos, el café al paso y merienda. Por ahora no pueden servir almuerzos. Funcionarán de 7 a 18 durante una semana; se trata de una prueba piloto que autorizó la comuna.

El sector, que emplea a miles de personas en esta ciudad de 800 mil habitantes, es uno de los más golpeados por la pandemia, con empresarios que ya no pueden sostener a su personal y locales que ya anunciaron que no podrán volver a la actividad.

Walter estuvo a poco de «cerrar un ciclo», como lo cuenta. Pensó seriamente en bajar definitivamente la persiana de su café, «Manotas», en el local 19 de Luro 3050, en el centro, a una cuadra y media de la municipalidad. El nombre viene de un apodo que le pusieron en los 80 sus compañeros en la escuela de hotelería por la forma en que batía los tragos, con una sola mano y en una pequeña coctelera.

En la última manifestación de los gastronómicos, a mediados de junio cuando montaron un restaurante a cielo abierto frente a la edificio de la municipalidad bajo el lema «abrimos o cerramos», Walter asistió con su bandeja y vestido con el clásico atuendo de mozo, con camisa blanca y moño y chaleco negros. Bailó, hizo malabares con la bandeja, pero ese día, consciente del difícil momento, se quebró.

«Me pasaron muchas cosas por la cabeza, porque ya no lo podía levantar», cuenta a Clarín. Su facturación, a pesar del take away y el delivery que aquí se autorizó en mayo, había caído por debajo del 80%. Por eso, en el grupo de Whatsapp que comparte con trabajadores gastronómicos, uno de esos días avisó: «Confitería Manotas llega a su fin».

Debía alquileres desde marzo, otros impuestos y servicios. La cuenta era irremontable. Entonces, repentinamente y sin motivo aparente, lo sacaron del grupo de Whatsapp. Comenzó a preguntar, no entendía nada y nadie le daba una respuesta clara. Fue por eso que no vio el mensaje de abajo:

Alguien escribió: «Les quiero compartir esta idea: nuestro colega y amigo Walter Manotas está pasando una situación ya insostenible con el alquiler de su local. Tiene una deuda grande que yo pienso que juntando unos 40/50 mil pesos lo podemos ayudar a negociar y que no se cierre para siempre su café. Todos sabemos que su vida entera pasa por ahí. Se me ocurrió que los que puedan colaborar con 500 o 1.000 pesos sería una gran bendición para su vida. Sé que todos la estamos pasando mal pero por ahí una ayudita le podemos dar. Por este motivo lo sacamos un ratito del grupo, espero siga vivo jeje. ¡Gracias y que Dios los bendiga!”.

Un par de días después, algunos de los integrantes de ese grupo de gastronómicos, lo sorprendieron en «Manotas». La «vaquita» había tenido una respuesta increible. Walter no pudo ocultar la emoción, «estoy sin palabras, un millón de gracias», repetía. Pudo ponerse al día y adelantó alquileres hasta octubre.

«Al principio éramos colegas, de a poco fue surgiendo la amistad y de allí llegó la ayuda», cuenta ahora este hombre de 59 años, papá de Oscar y Sofía, que en septiembre lo convertirá en abuelo.

Mientras atiende a Raúl, un «parroquiano» que se toma el primer y el último café del día en «Manotas», este gastronómico que trabaja desde los 14 años, cuando comenzó en una cantina del puerto, se describe como un apasionado por su trabajo. «Lo llevo en la sangre», sostiene, y sus clientes lo avalan: «Es increible la pasión que le pone».

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