Ejemplo: Dejó su vida y su país para ayudar a los animales en Argentina

Un joven ecuatoriano, dejó todo para venir a Argentina a colaborar en el Santuario de Animales Equidad de la provincia de Córdoba.


Con Victoria, una chancha rescatada del maltrato y con la que hizo un vínculo especial.

en clase mientras explicaba, en una charla que quedaría en el recuerdo, los motivos por los que había que denunciar y poner fin a las corridas de toros. Aquella presentación lo impactó por completo. Tanto, que decidió sumarse a la lucha y desde entonces no bajó los brazos por ayudar a los animales de todas las especies.

«Tengo los mejores recuerdos de mi infancia y quizás fue en ese momento que se forjó mi carácter y amor por los animales. Tenía amigos en el barrio con los que jugaba al fútbol y andaba en bicicleta. Pero había algo que ciertamente llamaba más mi atención. Mi madre siempre fue amante de los perros y creo que ella me inculcó esa empatía hacia los otros animales. Y recuerdo con cariño a un perro en especial. Lo habíamos bautizado Cándido en una suerte de juego de palabras entre can, de perro, y Cándido Pérez, el famoso comediante. Era un perrito comunitario que siempre pasaba por el kiosco del barrio a pedir comida. Nos hicimos amigos y finalmente lo llevé a casa. Después de renegarme un poco, mi mamá también lo aceptó como uno más de la familia», recuerda Ricado «Coto» Molestina (33).

Desde su adolescencia en Guayaquil, Coto no bajó los brazos para ayudar a los animales de todas las especies.

Fue en 2012 que Coto quiso dar un paso más. Mientras estudiaba la carrera de Ingeniería en Producción Audiovisual y luego de reflexionar por un largo tiempo sobre sus hábitos de consumo, decidió dejar la carne y sus derivados en un deseo por hacer el menor daño posible a los animales. «Por un tiempo creí que era el único vegano en la ciudad hasta que conocí al hoy disuelto Colectivo vegano de Guayaquil. Repartíamos volantes informativos en la calle, hacíamos picnics para que la gente pudiera degustar opciones libres de crueldad y hasta organizamos el primer Festival Vegano de la ciudad».

Cruzar fronteras

Hacia 2014 y luego de varios años de activismo, Coto recibió con buenos ojos la llegada a Ecuador de la Fundación Franz Weber (FFW) que aboga por el mantenimiento de la naturaleza y de los paisajes, por una mayor biodiversidad y por mantener los hábitats naturales intactos. También defiende a los animales de la creciente amenaza y el padecimiento a los que se ven sometidos. En Guayaquil, de la mano de Leonardo Anselmi, Director de la Fundación en el sur de Europa y Latinoamérica, el objetivo fue concreto: crear una Ley de Protección Animal a lo largo y ancho del país. Aunque ese proyecto no prosperó, Coto no bajó los brazos. «Desde ese entonces me volví fan de su trabajo y trataba de ir a todas las charlas que daba en Guayaquil. Es un orador magnífico que te ilumina al escucharlo».

La admiración pronto se convirtió en amistad y entre charla y charla a Coto pronto se le presentó la oportunidad de trasladarse a la Argentina para colaborar en el Santuario de Animales Equidad de la provincia de Córdoba -un santuario de equinos sustituidos de la tracción a sangre en el país que también alberga otros animales. «Fue en agosto del 2018. Ni más ni menos que Alejandra García, la Directora del santuario, me fue a buscar al aeropuerto para viajar en auto hasta Cruz del Eje. Me llamó la atención la vegetación y los paisajes de la ruta, una fotografía muy distinta a la de las carreteras ecuatorianas. Todo mientras escuchaba historias increíbles sobre los extraterrestres y el Cerro Uritorco».

Coto confiesa que la adaptación fue casi inmediata. «Se me hizo muy fácil porque encontré en mis colegas (ahora familia) a mis almas gemelas y en el santuario mi casa y el mejor trabajo para con el que podría haber soñado. Lo que todavía se me hace difícil es conseguir verdes (plátano: familiar salado de la banana) y la variedad de frutas que hay en Ecuador«, bromea.

Una amistad especial

 

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En el santuario Coto hizo un vínculo especial con Victoria, una chancha secuestrada en un allanamiento por maltrato y que llegó a sus manos gritando y temblando de dolor. «Tenía una herida terrible en la nuca producto de una soga que se le había encarnado en la piel. En esas condiciones había pasado años. Su cuerpo había crecido y la soga apretaba cada vez más hasta cortarle la carne».

Fueron semanas de dedicación absoluta a ese animal que necesitaba recuperar la confianza en los humanos. «Con la ayuda de otros voluntarios, teníamos que curarle las heridas dos veces al día. Era una tarea complicada ya que Victoria, lógicamente, nos tenía miedo por el maltrato que había sufrido. Finalmente, después de un tiempo entendió que la estábamos ayudando y empezó a dejarse tratar por nosotros. Ahora es una chanchita gorda que le encanta que le rasquen la barriga y la llenen de mimos».

 

En el santuario todos los días son diferentes.
En el santuario todos los días son diferentes.

 

La vida en el santuario es distinta todos los días. No hay horarios ni días de descanso. De hecho, el mes pasado Coto fue protagonista del rescate de un caballo en medio de la noche que le valió el reconocimiento de muchos. Fue un sábado cuando en el santuario recibieron el llamado de la policía local que solicitaba ayuda con el rescate de un caballo que se había caído en uno de los canales principales que se utilizan para llevar agua de riego a los campos.

Cuando los voluntarios llegaron al lugar, supieron que debido a los incendios, tanto Bomberos como la Patrulla Rural no habían podido llegar al lugar para sacar al caballo del agua. Así que sin perder mucho tiempo, ya que hacía mucho frío y el agua estaba helada, comenzaron a preparar las sogas y el cincha.

 

 

Afortunadamente, gracias al trabajo en equipo, el caballo pudo ser rescatado del canal. Luego de secarlo y de que recuperara su temperatura corporal, la policía se llevó al caballo al predio de la patrulla rural. «El caballo seguramente se había escapado de un campo de la zona. Fue una noche intensa y fría, pero la satisfacción de haber ayudado al caballo nos hizo dormir con una sonrisa. De vez en cuando extraño las playas de Ecuador así como a mis amigos y familia. Extraño el agua de coco, los chifles y el buen encebollado vegano. Pero sin duda alguna, lo que más me gusta de vivir aquí, es estar rodeado de todos estos animales, ser parte de su historia y poder conocerlos un poquito más a cada uno».

Fuente: La Nación

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