«Mi hija tenía cáncer, no quisieron atenderla por el COVID y murió”

Gabriela Cano (31) falleció en julio. Norma Fernández, su mamá, inició acciones legales contra el Hospital de Clínicas “por abandono de persona”.


-¿Qué hacen acá en este piso, cómo entraron? Por favor, retírense, no vamos a atenderlas. El hospital está abocado al covid.

-Vinimos porque ella se atiende aquí, tiene su historia clínica aquí, están sus médicos y mírela… se retuerce del dolor, ¿pueden hacer algo?

-El hospital está en emergencia nacional, si tiene alguna urgencia debe buscar una guardia.

La respuesta es de un médico ginecólogo oncológico, de espaldas, sin siquiera mirar a la paciente, que escuchaba sorprendida… y atemorizada.

-Pero mire cómo está, doctor, es una paciente suya, no se puede mover y venimos de varias noches de un dolor inaguantable, sino no vendríamos.

-Le repito, no estamos autorizados a atenderla.

Este diálogo transcurrió el 21 de abril, en el área de Oncología Ginecológica del quinto piso del Hospital de Clínicas. Quien rogaba por atención era Norma Fernández, madre de Gabriela Cano, que padecía un tumor en la cabeza del útero y venía tratándose en este centro de salud porteño. El destrato, la frialdad y falta de empatía no terminaron allí, Norma logró contactar a la jefa del área vía facebook.

La noche de ese mismo 21 de abril, Norma buscó en facebook -porque en el hospital nadie atendía- el nombre de la jefa del área y la encontró y le escribió. «Me siento dolida y decepcionada por el maltrato que recibimos, fuimos porque no teníamos otra opción. Estamos hablando de una paciente oncológica que se siente muy mal». Y tuvo respuesta: «Tiene que buscar algún otro hospital que la atienden. De ninguna manera debieron permitir que subieran al quinto piso. Solamente se atiende covid».

El 12 de mayo, Norma Fernández volvió a escribirle a la responsable de Oncología Ginecológica del Clínicas insistiendo para que examinaran a su hija, o si consulta particular mediante, alguien del equipo que la venía atendiendo, la podría revisar. «Seguimos igual», fue la respuesta helada. El 10 de junio, Fernández, desesperada por el retroceso de su hija, volvió a la carga: «Mi hija está con problemas serios asociados a su enfermedad. No entiendo el abandono a una paciente». Silencio.

El 8 de julio, un último mensaje a la jefa del área del quinto piso del Clínicas: «Mi hija Gabriela no volverá a atenderse con ustedes porque cuando más los necesitó no la asistieron. Ella se encuentra en el Hospital Rossi de La Plata y necesita un resumen de la historia clínica. Por favor, ¿me lo pueden enviar?». No sólo no hubo respuesta, sino que Fernández fue bloqueada. Su hija Gabriela Cano, de 31 años, murió el 27 de julio. «Entre abril y su muerte Gaby sufrió lo que nadie, no hay derecho a morir así, ¿por qué semejante maltrato?».

La de Gabriela es una muerte más de las «otras muertes» de la pandemia. La joven, que soñaba con ser kinesióloga y tener su departamento propio, «no recibió la atención que merecía por no tener covid. Como tantos otros. No pudo tener los controles ni ser medicada a tiempo y en tres meses el cáncer la devoró. Mi hija sufrió una discriminación sanitaria. Y en el Clínicas nos trataron como si ella exigiera una cirugía estética».

El martes 27, a las 12, desde Callao y Córdoba, se convocó a una marcha para pedir justicia por Gabriela. Desde el estudio de los doctores Verónica Ottaviano y Santiago Ruíz Rocha se iniciaron acciones legales contra el Hospital de Clínicas por «incumplimiento de los deberes de funcionario público y por abandono de persona seguido de muerte». La denuncia penal ingresó el 14 de octubre en las fiscalía de Buenos Aires con el número de ingreso 680116/2020.

Sobre la juntada del martes, Norma hace saber que «la vamos a realizar con todo el protocolo sanitario pertinente y en silencio… Sólo vamos a marchar con las pancartas de ‘Justicia por Gabriela Cano’, sin hacer ningún tipo de escandalo y solo vamos a llegar hasta la puerta del Clínicas y pararnos frente a la entrada para que la gente que esté allí advierta qué es lo que exigimos, nada mas. Nos acompañarán familiares, amigos y representantes de madres del dolor y Asociacion de Familiares y víctimas de mala praxis y abandono».

Desde el sector institucional del Hospital de Clínicas, por su parte, señalaron que «todos los servicios del Hospital continuaron atendiendo a sus respectivos pacientes pero derivados bajo esta nueva modalidad, que permitió minimizar los riesgos de la pandemia y mejorar el flujo de circulación. Entendiendo el profundo dolor que atraviesa quien acaba de perder a un ser querido, el Hospital de Clínicas manifiesta que todos los pacientes que se presentaron en la institución fueron atendidos con la mayor predisposición en un contexto tan difícil sanitariamente como en el que nos encontramos» (al final, el comunicado completo).

«Hasta mi último suspiro tengo mis derechos», repercute en en flyer que convoca a la marcha. Se trata de la estentórea frase escrita por Solange Musse 72 horas antes de su fallecimiento, cuando la burocracia y la falta de empatía no le permitieron a su padre, Pablo Musse, despedir a su hija enferma de cáncer. «Pablo se comunicó conmigo y me ofreció esa frase y me pareció bien, porque Gaby no se entregó hasta el último suspiro de su vida. Fue una guerrera».

Norma siente orgullo por su hija pero mastica dolor, tristeza, bronca, todo junto le resulta indigerible. «A la cabecita de mi Gaby le hizo muy mal la forma en la que la trataron en el Clínicas. Desde el 21 de abril hasta el día que murió, estuvo deambulando de hospital en hospital tratando de buscar soluciones que nunca encontró… ¿Por qué? Porque no fue tratada a tiempo. Vamos a hacer justicia, no se van a llevar de arriba todo este dolor… Su vida pudo ser mucho más larga, no hay derecho…».

Gaby fue una chica feliz, que nunca se bajoneó de más a pesar de haber tenido que hacer diálisis desde los 15 años. «Cuando arrancó con ese tratamiento estaba un poco caída, pero la chiquita se levantó rápidamente y lo tomó como parte de la vida. Lo mismo cuando le tuvieron que hacer un trasplante de riñón hace cuatro años, lo tomó como una oportunidad para tener una mejor calidad de vida», repasa Norma, su mamá, con una fortaleza inquebrantable.

En mayo de 2019, después de una consulta a su ginecólogo que derivó en una biopsia, le confirmaban que tenía cáncer de útero. Estaba con su mejor amiga, que contuvo su angustia inicial, pero horas después se mostraba sólida ante su mamá. «Me dio mal la biopsia, má, pero estoy bien, no te preocupes». Era una mujer que aceptaba los designios de la vida pero «no se escondía bajo la cama».

Lo paradójico es que el Hospital de Clínicas fue su «abrazo» cuando empezó su proceso de radioterapia, quimioterapia y braquiterapia. Después de varios meses, en febrero de este año, en ese mismo quinto piso donde viviera una pesadilla menos de dos meses después, le decían que «el tratamiento había sido un éxito». El 6 de marzo, en un nuevo chequeo, la revisaron, estaba todo en orden pero «había que seguir de cerca la evolución», le comunicó el equipo de Oncología Ginecológica.

Se abrazaban Gaby y Norma, que estaban en camino a vencer al tumor. Sacaron un turno para fines de abril porque les dijeron que debía hacerse controles mensuales que luego serían semestrales y así por cinco años. Pero el chequeo de abril no pudo llevarse a cabo y lo que suponía una recuperación mutó en un inesperado retroceso. «Surgieron dolores en toda la zona útero y el abdomen, también pérdidas de sangre, que se hicieron intolerables».

Ante el destrato en el Clínicas, Norma llevó a su hija al Hospital de Wilde donde un ginecólogo le dio algunos calmantes que no surtieron el efecto esperado. «Empezamos una recorrida por otros centros como el Madame Curie, que no recibían a pacientes nuevos. Y fuimos boyando de lugar en lugar, con todo lo que eso significaba para la cabeza de una persona atravesada por el dolor más agudo».

No puede entender Norma que su hija ya no esté y menos que menos la actitud de los médicos del Hospital de Clínicas. «Yo no tengo dudas de que debían estar colapsados, tapados de trabajo y seguro que deben haber salvado muchos vida. ¿Y? Pero mi hija está en la tumba y no tuvieron ese mínimo gesto de humanidad. Tampoco les importó ver cómo estaba, o dónde podían atenderla. Yo hubiera pagado lo que fuera por una consulta particular… (Hace una pausa). ¿Sabés lo que fueron esas noches de dolor agudo?».

«Fueron larguísimas noches sin pegar un ojo, en las que yo le daba tramadol, para paliar el dolor, y morfina en altas dosis… Estaba todo tan imposible que se los suministraba antes de lo que le correspondía porque los espacios sin dolor eran cada vez más cortos. Le hacía masajitos en la zona, en la espalda, le hablaba, no sabía cómo aliviarla», recuerda Norma, que tiene otros tres hijos, Bárbara (34), Diego (26) y Mili (15).

Bosqueja una mueca cuando se le viene a la mente el enojo y la bronca de Gaby por aquel 21 de abril grabado a fuego. «Podía estar arrastrándose de dolor pero ella ya no quería volver a ese hospital donde se sintió tan pisoteada». Piensa esta mamá que si su hija supiera cómo se está moviendo le diría «Por favor, basta, no sigas con esto». Gabriela era vergonzosa, tímida y «no hubiera querido hacer público algo de nuestra familia, pero tengo la necesidad moral, la urgencia como madre para que esto no quede en la nada. A mi hija no la tengo más, pero podría tenerla si un grupo de médicos hubieran actuado con humanidad».

Se hace muchas preguntas Norma y no tiene respuestas. No sabe qué pasó con su hija, cómo después de haber culminado el tratamiento «se vino a pique en pocos meses. Quizás necesitaba más medicación, más quimioterapia, o intervenirla quirúrgicamente… Necesito saber para poder volver a dormir en paz pero recordar la nula calidad de vida que tuvo en sus últimos meses me tiene destrozada».

En ese «boyar» por distintos hospitales, Gaby deambuló por el Sanatorio de la UOM, en Avellaneda, y la última escala fue en el Hospital Rossi, de La Plata, adonde fue atendida con mucho esfuerzo y contención «pero ya era tarde, no había nada que hacer, la enfermedad había avanzado a pasos agigantados y la edad de mi hija, su juventud, le jugaron en contra y le hizo un desastre».

Norma se internó con su hija el 13 de julio y durante catorce días no se despegó de su habitación: la bañaba, la cambiaba y le curaba las heridas propias de quien está mucho tiempo en cama. «Iba a verla el padre, los hermanos, pero Gaby no quería que yo me despegara de ella y así lo hice, no me moví. Y ese lunes 27 de julio ella estaba con oxígeno, lúcida pero agotada por no dormir desde hacía días, porque tenía miedo de dormirse porque soñaba todo negro, soñaba con la muerte y ella no quería morirse».

Pasadas las 20 Gabriela tuvo unas convulsiones, fue atendida por los médicos que retiraron a los familiares de la habitación y al rato confirmaban la muerte de la chica de 31 años. «Lo dio todo, pero tuvo una muerte horrible y estuvo consciente hasta el último segundo. Ella de alguna manera sabía que se venía el final. Tuvo que luchar contra la enfermedad que ella tenía pero también contra una que ella nunca tuvo que fue el coronavirus».

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