Pasó de vender LECHE para estudiar, a trabajar como MÉDICO rural y BOMBERO

Guillermo Arozarena está dedicado a servir a los demás. Hace 30 años se graduó en la UBA y hoy divide su tiempo entre un hospital y el cuartel.


Guillermo Arozarena es un médico rural graduado en la UBA hace 30 años. Todos los días a las 7 debe estar en la agencia PAMI de General las Heras, pero el resto del día está dedicado a ser bombero de su localidad.

Como a todos los médicos que les toca atender casos de coronavirus, Arozarena se calza el traje “de astronauta”, se coloca las antiparras y el barbijo para ir a asistir un supuesto caso de Covid-19. Pero, a diferencia de los expertos de la salud de la ciudad, él adoptó una técnica infalible en estos meses de aislamiento para minimizar los riesgos de contagio: improvisa consultorios al aire libre donde revisa a los pacientes.

Vestido “de astronauta” y con una ambulancia en la puerta, en caso de emergencia, el médico se ha convertido en una suerte de ángel guardián para la población rural. “En vez de entrar a sus casas, los examino en el campo, al aire libre, que abunda en estos lugares. Esas son pequeñas trampas que uno en un hospital de la ciudad no puede hacer”, asegura.

Hasta hace unos meses, atendía entre uno y dos casos de coronavirus por día. Sin embargo, en las últimas semanas los casos se dispararon a casi diez por cada jornada. Ese municipio, dice, reporta menos de 1000 casos por mes.

Arozarena tiene 55 años y más de la mitad de su vida la dedicó a asistir a pacientes en salitas rurales en Plomer, Villars, en el hospital de General las Heras y casos de menor gravedad a domicilio. Si bien su especialidad es la pediatría, su función en los pueblos termina siendo la de un médico clínico por los casos de emergencia y distintas afecciones que presentan los pacientes: “Asisto desde un niño hasta la uña encarnada del abuelo”. El año pasado, por ejemplo, se encontró frente a una enfermedad de la que se sabía muy poco en el mundo y el ámbito de la salud.

“Ser médico en la zona rural tiene una motivación familiar. Es muy gratificante poder ayudar a alguien cuando lo necesita. La gente del campo es muy agradecida, es una paga que no tiene valor económico”, describe. Arozarena vivió desde muy pequeño en el campo y para poder estudiar, cuenta, vendía la leche que sacaba de las 20 vacas que tenía su padre. Así financió parte de su carrera. Con su título y su conocimiento retribuye a la gente que lo adoptó de corazón.

“Las vacas las pastoreábamos a la orilla de la calle. Era de una producción muy primaria, de baja escala. No somos productores agropecuarios. No teníamos tierras, pero sí teníamos vacas. Sacábamos entre siete y ocho litros de leche y con eso me pagaba los gastos del estudio”, recuerda entre risas.

Durante 2020, el médico debió enfrentarse a una situación atípica: una pandemia que cambió el ritmo de su vida y el modo de atender a los pacientes.

Recién declarado el virus en el país, se encontró con un enfermo que ahora cree que pudo haber sido su primer caso de Covid-19 positivo. “Cuando recién estaba surgiendo todo lo del coronavirus, me llamó la enfermera y me avisó que había una persona descompuesta, que tenía todos los síntomas de coronavirus. Antes la había visto otro médico, pero no la habían podido convencer de llevarla al hospital. Nosotros sabíamos poco y nada del virus, pero tomamos todos los recaudos necesarios, nos pusimos todo el equipo para asistirla”, relata sobre el primer caso que terminó en un triste desenlace.

Desde que explotó la pandemia en la Argentina, el médico debió cambiar toda su rutina entre las dos salitas rurales y el hospital de General las Heras. En este tiempo ha atendido a más de 100 casos de coronavirus, pero ahora con más información sobre la enfermedad de la que tenía al principio. “El primer día que me avisaron que tenía tres casos de coronavirus salí corriendo al hospital, pero los médicos ahora sabemos qué es lo que pasa y aprendimos a no cargar tanto estrés en cada situación. Con el tiempo aprendés a manejarlo”, explica. Ahora, más ávido de los protocolos y los pasos a seguir para detectar a un enfermo con Covid, sabe qué es lo que tiene que hacer para evitar contagios.

La vocación de una persona sobre su carrera u oficio está marcada por tres puntos fundamentales: el gusto por lo que hace, la aptitud y la entrega. Arozarena, sin darse cuenta, encaja en todas. En este momento tan crítico en cuanto a lo sanitario, los médicos se enfrentan a una enfermedad de la que no saben cómo la podría llevar y lo hacen sin pensar en el riesgo que corre su vida o la de su familia. “Recién después te ponés a pensar que el momento que pasaste fue complejo, pero no nos podemos detener a pensar en eso. Es como el soldado que va a la guerra. Si piensa que le van a pegar un balazo, no va. Somos conscientes del riesgo, pero hay que trabajar la negación para cuidar a la psiquis”, asegura.

Cada vez que cambia de turno en una de las salas, el médico tiene que hacer todo un ritual de higienización para evitar llevar el virus a otros pacientes o familiares, aunque muchas veces la cabeza le juega en contra. “Después te pones a pensar si hiciste todo bien y hacés un repaso mental de los deberes para evitar contagiarte”, asegura. Pese a todo ese esfuerzo, en enero de este año cursó la enfermedad.

Otro sueño hecho realidad
Uno de los sueños de Arozarena cuando recorría los campos de productores agropecuarios para los que trabajaba parte de su familia, era ser bombero y asistirlos en caso de emergencia. Con los años pudo hacerlo realidad y hoy se define como uno más del escuadrón local. “Cuando mi familia vino a vivir al pueblo yo tenía 14 años. Y quería ser el médico de los bomberos, hoy soy bombero voluntario y ni bien me recibí de médico empecé a atender a los bomberos”, asegura.

Asistir a la gente del campo, dice, Arozarena no solo le da “paz interior”, sino que sabe que hizo las cosas por afecto y el “agradecimiento es mejor que hacerlo por plata”. “Es algo que pasa por el corazón y la voluntad de servir. La gratificación de atender a la gente del campo nada se le parece a trabajar en la ciudad. En el campo la gente es más agradecida, es más tranquila y menos conflictiva, y la gratificación de corazón es mucho más grande. Amo hacerlo”, asegura, orgulloso de servir en las zonas rurales donde ha podido desarrollar su vida profesional.

Fuente: Agrofy

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