LAS ESQUIRLAS DEL OLIVOS GATE EN SAN JUAN

#OPINIÓN

Una foto bastó para desatar una nueva crisis en el mundo político y agitar a una sociedad sumida en un vertiginoso vaivén de emociones, potenciado por la realidad sanitaria, económica y social. La reunión clandestina en Olivos se dio en el momento más álgido de la pandemia, con la gran mayoría del país confinado. El primer mandatario, días atrás, había realizado enérgicas declaraciones, en las que prometía castigar a los que violaran las disposiciones sanitarias. Esa imagen develó algo, fracturó un contrato entre los ciudadanos y su conductor.

El recuento de daños aún no ha terminado, las esquirlas del impacto siguen lastimando al oficialismo. Un estudio realizado por Synopsis, cuando el escándalo se encontraba en el clímax de atención mediática y de la opinión pública en general, arrojó como resultado algo más o menos lógico, más de un 80% desaprueba lo sucedido. Los consultados, tanto votantes frentetodistas como opositores, rechazaron el acontecimiento. Con valoraciones muy disímiles, claro está. El núcleo más duro de simpatizantes del oficialismo lo califica como un “simple error”, mientras que en la vereda contraria están quienes aseguraron sentir “asco”, “vergüenza” e “Indignación”. En lo que propios y ajenos concuerdan es que “no debió haber sucedido”.

En San Juan, oficialistas y opositores intentan medir el impacto del escándalo a nivel local. El descontento social es palpable y se convirtió en uno de los temas predilectos de las mesas de café. Pero lo importante es dilucidar su repercusión en las urnas. El Ejecutivo nacional ya ha pasado otros sobresaltos, como el del “vacunatorio vip”, pero con un electorado extremadamente volátil y lo fugaz de los sucesos, la sanción social parece haberse diluido. ¿Habrá un voto punitivo en San Juan el próximo 12 de septiembre?

Las estrategias de comunicación de campaña son más que obvias. Desde el oficialismo local apuntan a la provincialización del debate, mientras que desde Juntos por el Cambio señalan que “es una elección de alcance nacional”. Los primeros desestiman el escándalo, los segundos salen de manera casi sincrónica en una arremetida contra el Gobierno de Fernández. Del “dolor” a la “vergüenza” pasaron los mensajes de la oposición.

En el Frente de Todos de San Juan saben que, dentro de los confines provinciales, la imagen positiva del primer mandatario local está por encima de cualquier figura nacional y por eso pretenden traer la discusión a lo territorial. Ya sin posibilidad de realizar más inauguraciones, el uñaquismo recurre a una comunicación de tipo inventarial-contable, para “recordarle” a la población lo conseguido en estos años de gestión. También apelan al recurso de “la buena sintonía con Nación” como condición indispensable para “seguir creciendo”.

No es que la gestión Uñac haya transitado la pandemia de forma impoluta y sin ningún magullón. Supo surfear momentos de tensión, como el descontento por el vuelo sanitario con el tercer contagiado de covid-19, los reclamos médicos, las marchas contra el confinamiento y el pedido por la apertura de las escuelas. Sin embargo, los operadores de calle Paula confían en haber virado a tiempo la atención y destacan «la buena gestión de la crisis».

La comunicación del oficialismo sanjuanino siempre fue más mesurada, menos radical y confrontativa que la de los frentetodistas de la Casa Rosada, ni hablar del kirchnerismo. Era esperable entonces, que no estén dispuestos a asumir las culpas de lo sucedido en Olivos e intenten hacer como que acá no ha pasado nada. Sin embargo, desde Nación siempre miran con atención la lealtad de los gobernadores y esperan gestos de acompañamiento. Es por eso que Uñac, en la visita del ministro Jorge Ferraresi, se subió a la estrategia central y tiró unos cuantos dardos contra Mauricio Macri; una forma de escapar de la zozobra ocasionada por la inapelable imagen del festejo de Fabiola Yañez.

En Juntos por el Cambio San Juan adoptaron la estrategia de sus correligionarios en Buenos Aires y salieron al unísono a cuestionar con vehemencia lo acontecido en el festejo de la primera dama. Es que una bomba política de esta magnitud, es esperable que se realice una utilización política de la misma, con el objeto de capitalizar el descontento en las urnas. Sin descartar, por supuesto, que puede haber algo de indignación real.

La apuesta de JXC en San Juan es llevar el debate a la arena nacional y ahí poder hacer uso de cada uno de los descuidos, desaciertos y equivocaciones de la gestión Fernández. Los propios candidatos llaman a “no confundirse” y pensar esta elección en “términos de país”. En sus discursos ponen en valor el “diálogo”, el “respeto”, el “consenso”, la “defensa de la Constitución”; como conceptos contrapuestos a la valoración que algunos sectores tienen del Ejecutivo nacional. Así, la identidad se constituye como una otredad, por oposición a un imaginario o en contraposición a una forma de conducción.

Los desaciertos de Alberto Fernández y sus funcionarios son la materia prima para que la oposición en San Juan llegue fundamentalmente a sectores medios, que observan con bravura las flagrantes violaciones a los protocolos sanitarios, por parte de los mismos encargados de establecerlos.

Falta en la provincia ese jugador outsider que logre encauzar al electorado apático y desencantado con la dirigencia tradicional. Algo como lo que Milei y Espert consiguen, detrás de un discurso liberal que dispara, por igual, munición gruesa contra el Frente de Todos y Juntos por el Cambio. En San Juan, esta vez faltó la sorpresa y la contienda electoral se avizora tremendamente polarizada, entre dos fuerzas con discursos antagónicos y con perspectivas disímiles de la realidad.

Esa polaridad se ha trasladado a las redes sociales, medio privilegiado en esta campaña dados los protocolos sanitarios y el poco tiempo para entrar en contacto con el elector. La cancelación del debate y una cacofonía de disgustos e improperios es lo que ha ganado terreno en los diferentes espacios de discusión en línea. Lo de Fernández y la primera dama, Fabiola Yañez, más la hiperbólica utilización política de la oposición,  no hacen más que reavivar la virulencia de los discursos, más regidos por la pasión que por la razón.

Ahora no queda más que esperar a septiembre, cuando las urnas serán la prueba más irrefutable del impacto del escándalo. Desde el oficialismo tienen la esperanza de que la vorágine y el bombardeo informativo hagan licuar los enojos. La oposición, por el contrario, intentará mantener viva y presente esa foto, que es prueba inequívoca de la doble moral.

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