DESCANSA EN PAZ: Juan José, uno de los empleados más queridos del Centro Cívico

Ayer, la noticia de su deceso generó tristeza y conmoción en San Juan.


Juan José Russo, el joven periodista de 37 años, perdió la vida este sábado por la mañana. Así lo notificaron desde el Ministerio de Desarrollo Humano, donde cumplía funciones en el equipo de comunicación.

A continuación, la última nota que le hizo el equipo de Diario Móvil.

“En la calle actúo como alguien normal y la gente me ve como uno más, como uno que camina”, dice Juanjo y sonríe con sonrisa de esperanza, una mueca caprichosa de no rendirse jamás. “Como uno que camina”, una frase que hace crujir el alma.

Antes de acostarse, cuando el día muere entre sueños y escombros de lo que no se pudo, mira la camiseta de San Martín y le promete amor eterno. A las siete y media de la mañana despierta el día laboral. Juan José Russo llega al área de prensa del Ministerio de Desarrollo Humano, en donde dice que se mueve “como pez en el agua”, y empieza a chequear mails, mira noticias por tv, lee los diarios y diseña comunicados para los medios de San Juan.

Padece de mielomeningocele de grado dos, una malformación congénita que se origina en las primeras semanas de gestación. Pero para ese joven de treinte y tres años “las limitaciones están en la mente de cada uno”.

Detrás de cada día, todos los días, su historia: en mil novecientos noventa y nueve pasó todo el año prácticamente acostado después de una operación en la columna. A la escuela lo llevaban en una silla de ruedas a cuarenta y cinco grados, igual que el reclinado de los asientos de los colectivos de larga distancia. Así estudiaba.

Su mamá, Nancy Grazziani, dice orgullosa que “no se llevó ninguna materia ese año”. Juanjo pasó por quince operaciones (cinco de ellas fueron apenas nació). Juan José Russo aclara: “Tengo la columna desviada y parálisis de medio cuerpo. Es decir, de los miembros inferiores. Además tengo una válvula en la cabeza, que se llama válvula de derivación, eso permite que el líquido encefalorraquídeo llegue a mi cabeza”.

Discriminación 

“Tenía diecisiete años. Estaba en el contexto de una clase de Educación Física. Me acuerdo  como si fuera ayer. Era un sábado en la mañana –no lo cuenta con resentimiento, en su voz hay, de todos modos, residuos de dolor-. Me llevaban unos compañeros en el colegio, se trabó la silla de ruedas y me caí».

«Mi profesor no estaba cerca en ese momento, estaba en otra punta del playón. Cuando llegó no me sentí cómodo con la respuesta que me brindó, porque yo me había lastimado un poco la mano. Me dijo ‘¿sabés las veces que me he caído yo?’, le restó importancia. Eso me costó tener que irme del colegio al que yo había concurrido desde jardín, porque me sentí mal. No me sentí contenido. Los docentes, además de enseñar, están para cuidar a sus alumnos y este señor no me cuidó”, recuerda.

Límites 

Las barreras son una metáfora. “En la niñez, entre las cosas más duras que me tocó vivir está este problema que tengo que me priva de muchas cosas, como caminar o jugar al fútbol. Mi sueño era ser futbolista”, dice con pena.

Pero Juanjo se redime: “Ahora analizo bastante bien lo que tengo. No por estar así pierdo mi capacidad de pensar o hacer cosas por mí mismo. Hago todo lo que hace un ser humano que no tiene problemas físicos: hablo, como, duermo, pienso, tomo decisiones”.

La limitación está en la mente de las personas, seguir adelante es el capricho de los que no se permiten la derrota.

“Estudiar inglés tres años es un límite que pude pasar, creí que no lo iba a poder aprender. Eso fue importante porque me sirve ahora para comunicarme con gente de otros países en mi trabajo”, explica.

Realizado 

“El diez de abril del dos mil ocho, cuando entré al Ministerio de Desarrollo Humano pensé ‘tengo mi vida completa’. Era lo que me faltaba, trabajar en un ámbito fuera del estudio, porque el estudio me abrumaba un poco. A partir de ahí hice un click. Entrar al Centro Cívico me cambió totalmente la vida”, dice Juanjo.

Con su madre le habían pedido una audiencia al ministro Daniel Molina: “Cuando salió de su oficina me miró y dijo que se estaba acordando de mí. Nos hizo pasar y me preguntó qué sabía hacer. Le dije que tengo buena ortografía, que sé redactar. Entonces me pidió que fuera a la oficina de prensa porque me iban a tomar los datos».

Hace casi diez años que trabaja ahí. «Estoy cómodo y muy contento”, asegura.

La adaptación fue satisfactoria gracias a la calidad humana que encontró en su lugar de trabajo. “No me voy a olvidar nunca de cómo me trataron ese día mis compañeros. Me hicieron uno más, a pesar de mi condición física. Este trabajo me hizo crecer como persona y me dio la posibilidad de entrar a un lugar al que yo jamás había previsto”, dice. Las barreras son metáforas.

Verdinegro 

“Del ascenso del dos mil siete -a Primera, el sábado dieciséis de junio- me acuerdo que llegué con mi hermano y mi vieja a la cancha. Recuerdo los papelitos en el aire, la gente saltando. Se me puso la piel de gallina”, cuenta sobre su San Martín.

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Gol del ascenso, sudor y lágrimas. “No vi a –Luis- Tonelotto, vi la pelota volando nomás, esa es la única imagen que tengo del gol. Después fue todo festejo. Me abracé con mi hermano y en un momento se me corrieron las lágrimas”, recuerda.

Hincha del Verdinegro desde la adolescencia (su silla de ruedas es verde y negra por un gusto que le dio su madre), lo llamaron de Fútbol para Todos, de la TV Pública, para grabar un video en el estadio Hilario Sánchez Rodríguez. La filmación salió al aire el domingo treinta de setiembre de dos mil doce, en la previa del partido en que Boca y el equipo de Concepción empataron uno a uno en La Bombonera.

Juan José cumplió el anhelo de recorrer dos veces el césped del Hilario. Le falta otro por cumplir: ingresar a la Popular Norte junto a «La Banda del Pueblo Viejo». Pero cuenta con un privilegio que muchos hinchas quisieran tener: antes de cada partido, durante muchos tiempo los jugadores que iban al banco de suplentes van hasta el alambrado que separa el césped de la Platea Oeste y lo saludan. Una de las cábalas verdinegras.

La familia

¿Un ídolo en la vida? Juanjo pregunta si pueden ser dos y con ojos seguros y agradecidos busca la figura de sus padres, Alfredo Russo y Nancy.

“Los ídolos de mi vida son mis viejos, porque siempre están atentos para saber si necesito algo. Son los que estuvieron y están siempre”, subraya. Sus padres vivieron con él durante dos años en Buenos Aires por una operación grande que le hicieron y durante diez recorrieron los más de  mil kilómetros que separan a San Juan de Capital Federal para que lo atiendan los médicos.

Sus hermanos Gabriela, Daniel y Pedro también fueron sus ángeles guardianes en la niñez y ahora son sus compinches. “Una de las tantas veces que fui a Buenos Aires para hacerme atender, me llevaron a unos juegos para personas con discapacidad. Mi mamá y mi hermana eran mi hinchada, competí y coseché dos segundos puestos. Esas son experiencias lindas. Mi familia siempre me apoyó mucho”, dice agradecido.

Por las tardes, Juanjo suele irse a conversar con sus amigos de un gimnasio ubicado cerca de su casa y hasta se anima a usar algunas máquinas. El sábado tal vez lo invitan a un boliche por otro cumpleaños y regresará con una sonrisa y empapado por la espuma.

Este jueves estuvo en el Hilario Sánchez y lamentó la goleada ante Boca. Pero él siempre está, en las buenas y en las malas. Seguramente, antes de prepararse para ir a ver jugar al Verdinegro el lunes ante Estudiantes de La Plata anhelará, como siempre, poder terminar los estudios -que empezó pero abandonó- sobre periodismo deportivo y emular a Tití Fernández o a Marcelo Benedetto, referente del trabajo periodístico en el campo de juego.

Este lunes, muy temprano, regresará al Centro Cívico y reirá al teléfono con ese periodista que lo aprecia como a un amigo y que le dice “fantasmita, ¿cómo andás?”, a quien no quiere “quemar” en la nota. También recibirá los elogios de algunas personas a las que atiende en el Ministerio y que lo hacen dar cuenta de que está “en el camino correcto y ayudando a la gente para que pueda solucionar sus problemas sociales”.

Con voz firme y a modo de consejo dice que “de nada sirve quejarse sin intentar”. Entonces la gente puede entender que las barreras esta vez son una metáfora cuando ven a Juanjo enseñarle a Julián, su ahijado de once años, que para caminar bien en la vida sólo hace falta vencer los límites de la mente.

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