HALLOWEEN: mitos e historias de TERROR en San Juan

Este 31 de octubre, se ha extendido la celebración también en la provincia. ACÁ ALGUNAS HISTORIAS DE MIEDO EN SAN JUAN.


El llanto de un bebé que ya no está se escapa por las noches desde una casa esquina de avenida Libertador. Una mujer sin brazos teje en la vereda de otra vivienda de Capital. La mujer-monstruo, de cola con espinas y dientes largos y filosos, corre a los niños que merodean los parrales en la siesta. Ristras de ajo con moños oscuros, ataditos con nombres de personas en cintitas negras resisten al viento en terrenos grises y pedregosos. Luces blancas y penetrantes persiguen la noche de los cerros. Imágenes blancas descienden y se trasladan impávidas en la oscuridad absoluta, cuerpos sin rostros ni pies, por entre árboles de hojas secas del otoño en el campo.

El ocultismo que se visibiliza. La murmuración shockea la intriga de los curiosos. No son tintas que chorrean sobre papeles morbosos de los guiones de Hollywood. Es el boca a boca de San Juan que sobre las últimas tenues luces de las cenizas de un fogón austero aterran.

El tarotista y vidente “Don Miguel” habla de “ánimas de niños que murieron en esos lugares o abortos practicados en las habitaciones”.

“Velas negras, animales muertos ofrecidos en sacrificio al demonio para que le vaya mal a alguien. Todas esas cosas son propias de la macumba”, dice el padre Rómulo Cámpora, párroco del departamento Iglesia.

La gente en la calle murmura y, entre dientes, dice como Don Miguel: “Que las hay, las hay…”.

Esquina con una primavera rota

En Libertador y Lateral oeste de Circunvalación, a metros de Casa de Gobierno, una coqueta casa construida hace más de sesenta años es desde hace décadas el flanco de rumores que se tejen en el “dice que le dijeron que muchos cuentan” tan característico de pueblos mansos cuyas tradiciones son muy arraigadas y las leyendas corren tan cálidas y tenebrosas como el suspiro firme del viento Zonda.

En esa casa esquina el mito se posó como pájaro huidizo de trino estridente: supuestamente un bebé murió y su madre quiso conservar el cuerpo, aunque tuvo que ser entregado ante el descubrimiento de las autoridades. El bebé siguió llorando por años siendo escuchado por los sanjuaninos que aseguran haber pasado por el lugar y sentir terror ante el estremecedor y paralizante sonido.

“Yo era niño cuando pasaba por la Libertador y Circunvalación y me acuerdo de que si te portabas mal te decían que te iban a dejar en la casa embrujada. Esa era la amenaza que había cuando nuestros padres nos sacaban a pasear de noche”, rememora el padre Rómulo.

Cámpora cuenta con pesar que “a esa casa le hicieron mala fama, nunca se supo al final qué había pasado ahí. Me llegaron comentarios de que la habían vendido a muy bajo precio, porque era tanta la presión social que había sobre esa esquina, se decían tantas cosas, que la pobre gente terminó malvendiendo la propiedad”.

Hoy vive una familia allí y hay quienes aseguran que no volvió a suceder nada. Pero la esquina resiste para los sanjuaninos como monumento a las leyendas urbanas que la tradición traslada de generación en generación y se encarga de darle cadena perpetua en el ideario popular.

La tejedora de dos agujas y ningún brazo

Una casa de alma gris –ahora abandonada-, de dos plantas y techo de tejas con desnivel emerge detrás de rejas medianas, circundada de árboles robustos que cuando el día se apaga hace más tenebrosa la imagen de evidente desidia sobre calle Urquiza casi Pedro de Valdivia en Capital.

En la puerta de esa opaca figura de ladrillos y cemento las lenguas del vecindario indican que una mujer madura sale a la luz de la luna y las tenues luminarias de la calle a tejer como abuela que espera la llegada del heredero. Pero esa mujer-holograma tiene una particularidad: no tiene brazos.

La leyenda indica que en esa casa que ya no tiene ni ventanas, y en donde hace más de setenta años habría funcionado una escuela, murió una mujer de una manera poco clara y decidió quedarse a tejer ante la mirada ya casi acostumbrada de los vecinos que dicen que también escuchan ruidos extraños en el lugar.

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Persiana Pericana, de la siesta

La historia data del siglo XIX y hasta fue mencionada por Pedro Echagüe en sus escritos. En las siestas ardientes de San Juan los niños escapaban de sus casas para emprender la aventura de correr entre parrales, robarse la uva y jugar hasta entrada la tarde.

Una mujer de figura disímil. Tal vez de cola con espinas y dientes largos y filosos, casi un monstruo. Tal vez de rasgos bellos y postura esbelta. La imagen difiere según el divulgador de ese relato. Con el paso del tiempo y las bocas, cada vez tenía más datos y adornos tenebrosos. Esa mujer se les aparecía entre los parrales a los avezados niños y los castigaba con un rebenque o amenazaba a punta de cuchillo.

Durante años la Pericana asustó a infantes de distintas generaciones, con una historia apuntalada con firmeza por sus padres con el fin de generar en ellos el temor por vagabundear a la hora de la sagrada y santificada siesta sanjuanina.

“La Pericana es la bruja, la vieja que anda, la vieja de la bolsa diríamos nosotros. Se le decía Pericana porque en esos pueblos como son Iglesia, Jáchal, Valle Fértil, lugares en donde había muchas viñas y había también lugares en donde se cultivaban frutales, muchos salían a hacer daño. Entonces para que los niños no estén haciendo daño en la siesta, que no estén robándose la uva, habían inventado el personaje de La Pericana”, dice el padre Rómulo Cámpora.

El sacerdote cuenta que “eso fue quedando en el inconsciente colectivo y algunos chicos no superaron de adultos este personaje. Son pequeños sustos, pequeños personajes inventados que pueden llegar a traer consecuencias después: de miedo, de depender demasiado de estas cosas y perder la paz interior, perder un poco la tranquilidad”.

La brujas del Villicum    

Todos tienen historias, disímiles, coincidentes, fantásticas, impactantes, pero los relatos se cruzan y persisten a través de los calendarios. Hay zonas sanjuaninas que meten miedo, en donde las apariciones de extraños objetos parecen ser los rastros de la magia negra y el ocultismo.

El cerro El Villicum, ubicado en Albardón, al igual que la zona de Pedernal (en Sarmiento), encierra relatos oscuros dignos de películas de terror. Es un lugar descampado, con escasa vegetación y escondites entre lomas en donde las brujas se juntan por las noches a hacer sus “trabajos” y en el día mutan en pájaros horribles que producen un chillido gutural que espanta a los más valientes, según los pobladores.

En enero de este año, una familia de turistas neuquinos que ingresaba a San Juan sacó una foto en la profunda oscuridad del Villicum y cuando vieron el resultado de la imagen quedaron atemorizados: un hombre de vestimenta colonial, de pañuelo claro y traje oscuro con formas añejas, de pelo blanco y engominado, miraba hacia un costado con rostro tenso de frente alta y ancha.

“De las maldades nadie se salva, maldades hay por montones. Siempre existe envidia. La gente que es envidiosa y no puede obtener ciertas cosas recurre a hacer algún trabajo, porque siempre van a buscar que te vaya mal”, asegura el vidente Don Miguel.

El tarotista aclara que las brujerías “sí funcionan y existen. Depende de la fe y la creencia que tenga esa persona y de con cuanto enfurecimiento lo haga, de quién lo haga, donde lo haga, cómo lo realice y con qué materiales, el efecto que va a tener”.

“Ristras de ajos con moños oscuros, velas negras, ataditos con nombres de personas en cintitas negras, animales muertos ofrecidos en sacrificio al demonio para que le vaya mal a alguien. Todas esas cosas que son propias de la macumba, de ritos satánicos. En todos lados, no solamente en el Villicum”, amplía el padre Cámpora.

El párroco dice que esos lugares retirados son buscados “para no ser vistos, entonces eso también habla del ocultismo. La persona que se oculta a hacer el mal”.

“En la brujería, en la magia negra, en los esoterismos, ahí está el demonio confundiendo y haciendo el mal, hay gente que sirve al mal”, destaca el sacerdote. Y recuerda que Jesús llama a ser “hombres de luz”.

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Comisarías en las que asustan hasta los policías      

Uniformados acostumbrados a la rigidez de la disciplina y el rigor de intervenciones en riñas de gran escala aparecen con rostros ingenuos y miradas atormentadas al ver sombras que circulan en pasillos y ser testigos de gritos de nadie que se escuchan en comisarías.

En la Comisaría 2° –según consignan policías que trabajaron allí- hay camas que cambian de lugar solas en la habitación en donde descansan de a ratos quienes están de guardia por las noches.

Un grito que puso blanco hasta los uniformes. En Zonda un grupo perseguía a presos que se habían escapado y otro grupo seguía atento las alternativas del operativo a través de los transmisores. En ese momento, en la seccional de Concepción siete efectivos, entre los que se encontraba el comisario, escucharon un estridente grito al estilo de Diego Torres en La Furia: “¡Guardia!”.

El sonido seco de una garganta madura venía desde el calabozo. El comisario, pese a saber que no había detenidos, le ordenó a un oficial: “Vaya a fijarse que quiere ese choro”. Y el oficial no encontró a nadie.

También se suman comentarios que refieren a que durante la noche, en los pasillos de Antecedentes Personales de la Central de Policía se multiplican las sombras que transitan como si fueran huellas perdidas de algún tiempo. En el archivo de esa dependencia ocurre lo mismo y los policías ya las han incorporado como parte del paisaje desolado de las madrugadas de guardia. “Dicen que ahí se ahorcó una persona, antes era una escuela ese lugar”, asegura un uniformado en voz baja.

La luz mala del campo

En las zonas rurales de San Juan el mito recurrente es el de “la luz mala”, que aparece en la noche y asusta a los lugareños, que hasta dicen que esa luz los persigue y se lo adjudican a las almas en pena.

El padre Rómulo Cámpora lo desmitifica y cuenta: “A mí me ha tocado ver las luces en el campo, son muy bonitas. Ese fenómeno ocurre cuando los huesos de los animales largan el fósforo. Se ve como un humo luminoso”.luz mala

Cuando a los cuerpos los carga el diablo

El párroco de Iglesia asegura que ha tenido que ir “a miles de exorcismos. Estas situaciones que son extraordinarias, no son comunes. Normalmente bendecimos las casas. Yo cuando voy a bendecir una casa porque se sienten ruidos, porque no se puede dormir, primero hago una breve catequesis, invito a la gente a cerrar los ojos, a pedir a Dios el don de la paz”.

“Cuando uno siente por ejemplo una presencia agobiante en una casa, muchas veces tiene que ver con que quienes la habitan puede que no estén en paz. Entonces van transmitiendo también en su espíritu una pesadez -asegura Cámpora-. Me ha pasado varias veces eso de percibir una negatividad. Yo detecto todo eso en la mirada de las personas. Una persona que no mira a los ojos no está bien”.

El vidente Don Miguel confirma que lo llamaron para pedirle asesoramiento a principios del año pasado por la supuesta “chica poseída” de Santa Lucía, caso que llegó a los medios nacionales. “Me consultaron los familiares, pero nunca vinieron. La chica no completó el juego de la copa, por eso quedó así”, recuerda. Aunque los padres de la joven dijeron que fue un “brote psicótico”.

Tanto el padre Cámpora como el tarotista Miguel coinciden en que el gran problema del mal es un pecado capital: “la envidia”.

“La maldad se cristaliza a través de ritos satánicos, a través de amuletos que se arrojan en las casas para que a otros les vaya mal. Andar adivinando, andar en brujerías, en magias negras, no es propio de una persona de fe y de buen corazón”, opina Cámpora.

“Que las hay, las hay”, apunta Don Miguel.

El imaginario popular no descansa. Las lenguas no se paralizan. La gente comenta. Los relatos se cruzan, enriquecen y estallan en el temor de los incautos. La intriga atrae al curioso. Y los mitos, lejos de aplacarse, se cocinan a fuego voraz en rondas de voces que se entusiasman con el morbo cuando alguien dice: que la luz mala es un alma en pena que recorre los campos, que la mujer de cola con espinas y dientes filosos se lleva a los niños que molestan en la siesta, que hay un llanto desolador de un bebé en una esquina y una mujer sin brazos que teje en la vereda.

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