La mujer de Borges

María Kodama habló con un medio nacional sobre el nuevo libro que prepara. ¿Qué dijo?

escritora. María Kodama quiere dejar de ser la mujer de Borges para tener nombre propio.
Escritora. María Kodama quiere dejar de ser la mujer de Borges para tener nombre propio.

 

Fuente: La Nación

¿Siempre aparecerá otro libro de Jorge Luis Borges? La universidad de Colombia organizó en la primavera de 1971 una serie de charlas del escritor argentino, acompañado por su traductor, Norman Thomas Di Giovanni, para los alumnos inscriptos en el programa de escritura de la Facultad de Artes. A esos cursos también concurrieron varios profesores. En vez de leer los trabajos de los alumnos, Borges leyó algunas de sus propias obras y las comentó con Di Giovanni para mostrar con el ejemplo cómo se puede trabajar un texto. El resultado de esas reuniones se convirtió en Borges on Writing, que se publicó por primera vez en inglés en 1972. La edición estuvo a cargo de Borges, Norman Thomas di Giovanni, Daniel Halpern y Frank MacShane. Ahora, más de cuatro décadas después, se tradujo y se editó en español con el título El aprendizaje del escritor (Sudamericana).

María Kodama, sentada frente a mí, toma un té y habla no sólo del nuevo libro de Borges sino también de un libro escrito por ella.

-¿Cómo estaba organizado el curso que dictó Borges?

-Cada reunión estuvo dedicada a un solo tema: ficción, poesía y traducción. A los presentes, estudiantes y profesores, se les distribuyeron copias del cuento «El otro duelo» y de varias poesías de Borges, además de fragmentos de la obra de Borges traducida por Di Giovanni, y otros. En la charla sobre ficción, Di Giovanni leyó el cuento línea por línea y Borges lo interrumpía cuando lo creía necesario para hacer un comentario. El mismo método se utilizó para poesía. Cuando le llegó el turno a la traducción, el debate fue más intenso, porque Di Giovanni se sumó a Borges para explicar cómo habían procedido los dos en cada caso. Los estudiantes formulaban preguntas. Uno se da cuenta en el libro de que el clima fue muy agradable, muy cálido, pero tengo la impresión de que no se transcribieron todas las preguntas y comentarios de los estudiantes, ni tampoco las respuestas de Borges a esas eventuales observaciones.

-O sea: no se trata de la transcripción completa de las clases.

-Es una desgrabación, pero yo no estoy segura de que sea la versión íntegra. Además de las preguntas de los estudiantes, hay intervenciones de los que más tarde fueron editores de este libro en inglés, como Frank MacShane. Uno advierte, a lo largo de esos diálogos, cuándo los interlocutores tienen sensibilidad literaria y cuándo no. Eso se ve, por ejemplo, en la parte final del libro: Borges toma para analizarlos unos versos de Shakespeare sobre Cristo en Israel; Shakespeare habla de los sagrados pies (de Jesús) que, para nuestra salvación, fueron clavados en la dura Cruz. La palabra que emplea Shakespeare para salvación es advantage y no salvation, que hubiera sido más normal. Borges reflexiona sobre por qué Shakespeare eligió una y no la otra. Se pregunta si advantage por salvation era común en esa época, o si fue un «don personal» de Shakespeare. Frank MacShane, uno de los futuros editores de este libro, le pregunta si no es el contexto lo que hace comprensible a advantage. Y Borges le responde que hay algo inexplicable y misterioso, porque uno siente que advantage es la palabra que corresponde, una palabra que no es muy hermosa, pero que suena correcta, que puede haber sido usada de ese modo por los teólogos en el siglo XVII. En esos días, dice Borges, el verso quizá no haya sido tan hermoso como lo es hoy. El tiempo pudo haberlo mejorado.

Pero hay otro caso en el que se advierte hasta qué punto eran dispares las sensibilidades de Borges y de sus traductores. En la última página del libro, Di Giovanni da un ejemplo de cómo él y Borges traducían juntos. En uno de esos días de trabajo, recuerda Di Giovanni, leían con Borges un borrador de la traducción de «Poema conjetural», y Borges lo detuvo para decirle que la frase «se ciernen sobre mí» la había imaginado originariamente en inglés y la había traducido luego al español. El verso imaginado era loom over me. De ese modo, quiso ahorrarle al traductor la molestia de buscar un equivalente en inglés. Di Giovanni, sin embargo, consideró que era más apropiada la traducción hecha por él al inglés que el loom over me. La traducción de Di Giovanni era: thighten the ring around me. Borges, ante la insistencia de Di Giovanni, le dijo que mantuviera sus palabras (las de Di Giovanni), que eran más eficaces que las suyas (las de Borges). Sin embargo, vueltos al presente de la charla en la Universidad de Columbia, con el «Poema conjetural» ya traducido en la versión de Di Giovanni, Borges hace un comentario que es la frase final del libro. «Yo diría que loom es una hermosa palabra inglesa, tiene algo pausado, algo que obliga a la voz a la lentitud que conviene al verso. ?Loom over me’, ?se cierne sobre mí’, sí. Pero Di Giovanni tenía razón.» Es evidente que Borges, por cortesía, le da la razón a Di Giovanni. Y lo más increíble es que Di Giovanni debe de haber tenido la seguridad de que su traducción era la más adecuada y que Borges admitía su «error».

-Se comenta que vas a editar un libro tuyo.

-Sí, mis conferencias. Son más de mil páginas. Pero no voy a publicar todo eso. Hay que hacer una selección muy grande porque di muchas charlas. Yo nunca quise publicar nada en vida de Borges porque él quería escribir el prólogo y yo sabía lo que significaban los prólogos para él. El otro escritor que quería escribir un prólogo para mis escritos era Alberto Girri, gran poeta y amigo. Eso era aún peor, porque imaginate vos el ataque de celos que le hubiera dado a Borges.

A mí no me importa publicar. Me gusta escribir. Si empezás a publicar, también empieza la presión de los editores. Paso al caso actual: un día, le llegó a Andrew Wylie, mi agente literario, una de las dos o tres conferencias que yo había escrito en inglés y entonces él me dijo que deberíamos hacer una edición temática de Borges, precedida por el estudio de un especialista. El primer título sería «La experiencia mística en la obra de Borges». Ése era el tema que yo había dado en una conferencia hacía un tiempo. Le respondí que me resultaba un asunto muy interesante y le pregunté por el autor. «No es un autor, es una autora. Vos», me contestó. Y a partir de entonces, insistió para que le diera todas las conferencias que había escrito. Las hice pasar a la computadora porque mi letra es ilegible. La edición no la voy a hacer yo, porque en ese material hay de todo para distintos públicos. Además, los temas que me piden para esas charlas son siempre los mismos. Inevitablemente hay repeticiones. Habrá que hacer una selección y descartar mucho para publicar un libro de tamaño normal, de unas doscientas páginas.

-¿Todas esas conferencias son sobre Borges?

-No, algunas son sobre literatura japonesa: comparaciones de Borges y Cortázar con autores japoneses que también se ocupan del tiempo, del sueño y la realidad. Hay también varios textos sobre escritoras japonesas. La gran literatura japonesa fue hecha por mujeres.

-¿Leés literatura japonesa actual o te limitás a la clásica?

-Prefiero la clásica. Pero también leo de vez en cuando autores japoneses modernos.

-¿Y qué lées cuando no tenés obligaciones?

-Sobre todo las tragedias griegas. Para mí, nada ha superado la disección que los griegos han hecho del alma humana.

-¿En qué idiomas leés a los griegos?

-En griego antiguo. Cursé los cinco niveles de griego clásico en la Facultad de Filosofía y Letras, en la cátedra de Guillermo Thiele. Cuando empecé el primer curso, tenía curiosidad por saber cómo era él. De pronto, apareció Thiele en el aula, un hombre de más de cincuenta años, con ojos verdes enormes, el pelo rubio alborotado. Parecía un duende. Lo vimos entrar y nos quedamos alelados. Él dijo con su acento alemán: «Voy a leer algo en griego y ustedes me van a decir qué sienten». Todos le respondimos: «No, no sabemos griego, no vamos a entender». Él sonrió. Contestó: «Yo no les voy a pedir que me traduzcan lo que lea, les pido que me digan lo que sienten». Pensé: «Este hombre es genial». No sabíamos que él había sido actor. Empezó a recitar con una voz que venía del fondo de los siglos, a escandir de un modo maravilloso, y lo que escuchábamos era una música sublime. De improviso, Thiele dijo: «Aquí me detengo. Veo que hay algunos alumnos muy sensibles y que están muy conmovidos. Díganme qué sienten. Díganme qué se imaginan que ocurre». Le contestamos: «No sabemos, pero debe de ser algo terrible». Él nos dijo: «Ven que fácil es el griego? Les leí la llegada del mensajero que anuncia la derrota que sufrió el ejército griego con los persas». Me dije: «Yo me anoto en los cinco cursos de griego».

-Siempre fuiste una persona muy alerta a las novedades. En esos años de la Facultad y los inmediatamente posteriores, las décadas de 1960 y 1970, el cine era la actividad artística que más entusiasmaba a los jóvenes. A esas alturas, Borges ya era ciego. ¿Tuviste que renunciar, por ejemplo, al cine o a las artes visuales para estar con él?

-Para nada. A Borges le encantaba ir al cine. Como no tenía problemas para entender los idiomas extranjeros, aunque no viera, podía seguir la trama de las películas. Vimos muchas veces juntos Lawrence de Arabia. A él le encantaba. Y a mí me encantaba Peter O’ Toole. Un día, Borges me dijo: «Usted debe de estar aburrida de ver esta película». Le contesté que no porque la película me gustaba y Peter O’ Toole era muy buen mozo. Pasó un tiempo. Y otro día, de repente, me dijo que yo nunca podría enamorarme de Peter O’ Toole porque era un actor irlandés y seguramente bebía como un loco, y yo nunca había bebido en mi vida; además, me pidió que buscara un libro de Lawrence en la biblioteca, que lo abriera en una página determinada donde había una foto de Lawrence. «Lawrence era un enano, y a usted le gustan los hombres altos, María», me observó. Borges tenía un costado muy celoso. Me decía que yo era la primera prisionera de la libertad, que esa libertad me hacía vivir en una cárcel. Y yo le respondía: «Tiene razón, pero sin esa cárcel, la de la libertad, no puedo vivir». Soy muy independiente.

-Es raro que seas tan independiente y que te hayas enamorado de un hombre que no sólo te celaba, sino que además dependía mucho de vos desde un punto de vista práctico.

-Él también era muy independiente, pero tendía sus tentáculos. Jamás sentí como una limitación la asistencia que él, por su ceguera, necesitaba y que yo le brindaba. La libertad no está en juego en ese tipo de cuestiones. Lo que no soporto es el tipo de vínculo que se convierte en una posesión diabólica.

-Las personas que son muy libres, de un modo paradójico, generan en las otras lo que llamás el deseo de la posesión diabólica.

-Cada vez que se presentó una situación de esa naturaleza en mi vida, rompí el lazo que me unía a esa persona. Cuando Borges, en algún momento, se volvía posesivo, yo no podía decirle: «Termínela» o «Déjeme tranquila»; porque lo quería y lo entendía. Pero con él, teníamos una fórmula para esos momentos. A sus reclamos, le decía con una sonrisa: octupus dixit, lo que en latín significa «dijo el pulpo». Esa frase era la señal de que habíamos llegado al límite que él no debía superar.

-Siempre has hablado muy bien de los cuentos de Silvina Ocampo y tus declaraciones han dado a entender que había entre las dos una relación de cariño.

-Comí muchas veces con Silvina en casa de los Bioy. Ella siempre fue muy buena, muy agradable conmigo. Hablábamos sobre las películas que habíamos visto. Yo era muy, muy tímida. Ahora he cambiado. Sentía que ella no era una persona feliz; transmitía una profunda desdicha, y eso me apenaba. Temía que cualquier cosa que yo dijera pudiera herirla.

-En Borges a contraluz, Estela Canto se refiere a una charla que tuvo con Borges después de comer en la casa de un matrimonio amigo. Canto no menciona el nombre de esa pareja, pero es claro que se refiere a los Bioy. La charla se desarrolló en los años finales de la vida de Borges. Los dos comentan que en ese hogar se respiraba una atmósfera uncanny, desagradable, con un matiz siniestro.

-Ese clima uncanny se debía a la relación que uno intuía entre Bioy y Silvina. Estoy haciendo una suposición, porque no tengo pruebas ni certezas sobre el tema, pero siempre pensé que en el origen de ese clima estaba Bioy; además, uno advertía que ella, como dije, era una mujer herida y eso contribuía a la extrañeza que se sentía en aquella casa. Todo eso ocurría cuando yo era muy joven. A Borges lo conocí cuando yo era una adolescente. Y no pensaba en él como un genio, aunque sabía que lo era. Tenía mis ideas propias acerca de muchas cosas y las decía sin reservas; con el tiempo, pensé en lo que se debe de haber reído Borges de todos los disparates que yo le decía. Un día, mucho tiempo después, le comenté: «Dios mío, los disparates que yo le decía en aquella época, cuando nos encontramos». Y él me respondió: «No, eran encantadores». Habíamos dividido a la gente entre jabalíes y serpientes. Borges decía que nosotros teníamos el estilo jabalí. El estilo serpiente es el del evasivo, del que te sonríe, te muerde y te mata. El estilo jabalí es el del que te embiste y uno, para salvarse, se sube a un árbol, hasta que el jabalí se cansa y se va. Las intenciones del jabalí siempre son claras.

-No estoy muy seguro de que Borges haya sido jabalí. El final de este libro muestra que Borges le hace creer a Di Giovanni que en la discusión entre ambos es Di Giovanni el que tiene razón. Y el que la tiene es Borges.

-También en ese final Borges es jabalí porque le dice a Di Giovanni lo que piensa, de un modo cortés; lo que ocurre es que Di Giovanni no lo entiende. Es un final de comedia. Una comedia de malentendidos. Por otra parte, Di Giovanni hizo un buen trabajo con la difusión de Borges en Estados Unidos.

-Tuviste que enfrentar una serie de peripecias desagradables en la Argentina y en el extranjero, siempre por razones relacionadas con Borges. Si ahora, para contrarrestar esos episodios desagradables tuvieras que pensar en un momento con Borges que compensara esos disgustos, ¿cuál sería?

-No sé. No podría elegir… Son muchos.

-Te felicito. Sos una maestra en callar hablando.

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