La despedida de Esperanza mía dejó felices a todos

Cultura
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El ciclo consagró definitivamente a Lali Espósito como estrella y fue el único motivo de satisfacción reciente para Pol-Ka.





 

La historia romántica concluyó junto al río.

El cierre de Esperanza mía fue junto al río, el mismo lugar del primer beso. El final feliz imaginado por todos, con promesas de amor eterno envuelto en un vistoso travelling aéreo. Aquél amor clandestino entre una fugitiva forzada a convertirse en novicia y un sacerdote cuya vocación empezó a tambalear apenas se cruzó con ella se transformó, en línea con el manual de instrucciones de toda buena historia rosa, en un romance hecho y derecho con un par de hijos y otros tres en camino. Y como es ya costumbre en este tipo de historias, la fiebre de embarazos se contagió a buena parte del elenco en el episodio final emitido anoche por El Trece.

Más allá de la felicidad de sus personajes, Esperanza mía dejó dos legados tranquilizadores. El principal es la consagración definitiva de su protagonistas femenina, Lali Espósito. Los 192 capítulos de esta tira que arrancó a principios de abril forjaron el nuevo gran nombre de la idolatría adolescente juvenil en la Argentina: Espósito se valió de su angelical presencia para sostener desde allí buena parte de la historia, aún esas vueltas francamente inverosímiles que sólo adquirían sentido desde la convicción con la que la chica expresaba sus ganas de reencontrarse con su pasado y salir en busca del futuro.

Satisfacción única

Detrás de esa carismática aparición, Esperanza mía entregó a Pol-Ka el único motivo genuino de satisfacción de los últimos tiempos. El ciclo se terminó ayer, pero fue uno de los pilares de la ficción local durante 2015, un año en el que Pol-Ka encontró más sinsabores que sonrisas.

Signos y Noche y día estuvieron muy por debajo de las expectativas, y sólo Esperanza mía sostuvo el trabajo más reciente de la productora. Los magros resultados de las apuestas más adultas quedaron compensadas por la atracción de esta tira infanto-juvenil, que pese a estar dirigida a una audiencia muy precoz no escatimó momentos de elevada intensidad erótica entre sus protagonistas. De paso, el ciclo se vio favorecido por el traslado a la vida real del romance de ficción que vivieron Espósito y el religioso encarnado con indiscutible convicción por Mariano Martínez.

Quedarán en el recuerdo algunas vueltas de tuerca argumentales francamente insostenibles, como la consagración de Martínez como improbable obispo, y la poca solidez de la subtrama desarrollada en el ámbito de un colegio contiguo al convento en el que el personaje de Lali se refugia.

Del otro lado vale rescatar el gran oficio de un grupo de actores que pareció pasarla muy bien durante la novela. Gabriela Toscano, Federico D'Elía, Tomás Fonzi y Ana María Picchio también fueron rostros de un éxito que también funcionó muy bien en las boleterías del teatro musical.

Fuente: La Nación
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