Giselle, la árbitro sanjuanina que rompe los estereotipos

Esperanzada en llegar a ocupar un lugar destacado, entrena y estudia para superarse cada día.


Portadora de un apellido que en San Juan es sinónimo de música, Giselle Ayala Petracchini dice -con orgullo- que su nono, Juan Argentino Petracchini hizo mucho por la música de la provincia, a tal punto que la escuela de este arte nació en la casa de él, donde había un cuartito que les prestaba a los músicos que no tenían donde estudiar. Hija de padres ligados con la música, pues su mamá, María Inés Petracchini, canta y su papá, Gilberto Manuel Ayala, integra la Orquesta Sinfónica Nacional en Buenos Aires.

Nacida en San Juan un 13 de enero, a los tres meses su mamá la llevó a vivir a Buenos Aires y sus visitas a familiares en épocas de vacaciones la traían a menudo a estas tierras, hasta que hace tres años tomó la decisión de radicarse en la provincia junto a sus hijos Joaquín y Thomas y debió padecer el dolor de separarse de su hija Rubí, ya que ella está estudiando en Capital. Guarda bellos recuerdos de sus nonos Juan Argentino y Negrita Angélica Herrera y su abuelo paterno Raúl Ayala, timbalista y bandoneonista.

Su época de niñez la recuerda por diferentes lugares: Avellaneda, muchos años en Congreso y, antes de llegar a estas latitudes, residió en Vicente López. Su escuela primaria fue Nicolás Avellaneda, frente al Teatro Colón y la secundaria fue en el Instituto Argentino de Enseñanza Secundaria, en la calle Montevideo, casi avenida Corrientes. En su adolescencia y juventud le gustaba actuar y cantar; en el colegio siempre le pedían que cantara en los actos y ella lo hacía con mucho gusto. En cuanto a la actuación, era algo que le encantaba y lo hizo desde los 14 años durante un tiempo prolongado y a eso le agregó el anotarse en una academia para estudiar modelaje con Anamá Ferreyra a los 17 años; pero todas esas actividades las dejó de lado porque llegó algo más importante aún: ser mamá, con apenas 18 años.

A tan diversas actividades, le sumó el periodismo deportivo, como otra de sus pasiones y hasta se anotó en Deportea (Escuela de periodismo) al finalizar la secundaria, impulsada por sus gustos por el fútbol y con la duda sobre qué carrera seguir: locución o periodismo deportivo. Arrancó con los estudios y al ver que no solo se trataba de fútbol sino del deporte en general, decidió dejarlo de lado y se anotó en el ISER para estudiar locución, pero por tener una bebé muy chiquita, se le hizo muy difícil continuar.

Giselle cuenta que a los 14 años se despertó su fanatismo por el fútbol y recuerda que su primer partido fue River – Newells, en el Monumental; eso sí, tras una mentirita piadosa a su mamá, diciéndole que iba a visitar a una amiga. A partir de ese momento no paró y buscaba el modo de quedar con gente amiga para que la acompañara, hasta que en un superclásico la descubrieron y desde aquel momento, no le quedó alternativa a su mamá que permitirle hacerse socia de River.

Por esos días -más allá de su pasión- no se pasó nunca por su cabeza que en algún momento pudiera estar dentro de una cancha de fútbol, más allá de que intentó jugar con sus amigos. Todo esto cambió hace dos años, empujada por el aliento de su hijo, su mamá y una gran amiga.

Su ingreso al arbitraje se remonta a un par de años atrás, cuando su hijo Thomas, que juega en las divisiones inferiores de San Martín y su mamá al escucharla hablar de fútbol, le sugirieron que fuera árbitro y a ella no le pareció mala idea, ya que entiende el deporte y reconoce que si bien es una mujer muy sociable y de hacer amigos, tiene carácter, lo que considera fundamental para impartir justicia en un campo de juego.

Ya decidida, se anotó en el curso de árbitros que dictaba la Liga Sanjuanina de Fútbol, a cargo de domingo Allegue. Quedó encantada desde la primera clase y se siente gratificada al ver que muchas chicas se están acercando al arbitraje, esperando que algún día se las reconozca por su capacidad y estén en el mismo nivel de derechos y aceptación que los hombres. A medida que pasaron las clases teórica y se comenzó con las prácticas, se dijo: “Esto es lo mío y quiero llegar”.

Giselle cuenta que la preparación es integral y se debe estar lista para ser árbitra, juez de línea o cuarta árbitao. Lo cierto es que poco más de un año pasó desde aquella primera clase en la Liga hasta que llegó el momento del debut. En el medio de ese lapso, decidió unirse a los árbitros independientes de San Juan, entre los cuales se encuentran los más destacados de la provincia, como Emanuel Ejarque y Nelson Leiva.

Hasta antes del parate mundial por la pandemia, estaba dirigiendo en la Liga de Ullum – Zonda y Calingasta. Su primer partido fue en octubre del año pasado, integrando la cuarteta arbitral. El encuentro fue en San Lorenzo de Ullum y fue juez de línea en Cuarta División y cuarta árbitra en Primera. Aquel debut fue inesperado porque pensaba ir de cuarta y en el momento en que estaba en camarines previo al ingreso, su colega, Sebastián Brizuela pidió que le den el banderín, lo que la sorprendió pero no la amedrentó en absoluto, segura de su capacidad.

Destaca el respeto que los hombres le han manifestado y lo valora, pues ellos no están acostumbrados a que una mujer los dirija. También asume que los insultos forman parte del folklore del fútbol y vienen de la hinchada sin importar el género.

A la espera de volver a las canchas, ella no deja de prepararse físicamente y estudiando en forma permanente el reglamento, atenta a modificaciones que cada tanto aparecen.

Giselle Ayala Petracchini, fútbol, pasión, intensidad y glamour, todo junto en una misma mujer.

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