Tenía 8 TUMORES y sobrevivió: «Decidí LUCHAR»

Así lo dijo Adriana García, quien luego de recuperarse, escribió un libro con su lucha.


Adriana García es de José C. Paz provincia de Buenos Aires, tiene 62 años y hace dos que vivió una situación desesperante. Descubrió que tenía cáncer luego de bañarse y nota que tenía un hundimiento en una de sus mamas. Se vistió, salió del baño y se lo dijo a su esposo. Inmediatamente, llamó por teléfono a una ex compañera de la secundaria, médica ginecóloga, que tiene el consultorio a pocas cuadras de su casa y fue a verla. En cuanto la revisó, cuenta, dio por hecho su presunción y habló de un altísimo porcentaje de posibilidad: 80%.

La ginecóloga llamó al cirujano y le consiguió el turno. Adriana fue a verlo en diciembre de ese año y cuando la revisó (antes de analizar los estudios confirmatorios) reservó quirófano y gestionó todas las órdenes para los estudios complementarios.

«Los días previos a la operación fueron de duelo. En silencio, con música de fondo, con audiolibros, haciendo piezas de cerámica sentada al solcito en el fondo de casa. Pensé que me moría y me produjo una angustia tremenda. Muy profunda. No sabía qué tenía que hacer, ni cómo encarar lo que quedaba de vida. Lo más duro fue cómo contarles a mis hijos y a mis nietos. No podía pensar en otra cosa. Decidí luchar, pero no muy convencida de que me iba a salir bien, menos inmediatamente de saber la noticia. En algún punto estaba segura de que no pasaba la cirugía. Al quirófano entré en un río de llanto. Y yo no lloro. Soy dura, pero cuando vi a mi hijo y a mi esposo en el pasillo pensé que no los veía más», recuerda Adriana, a la distancia.

El objetivo de la cirugía, explica Adriana, era sacar los tumores de la mama. Si bien se detectaba uno solo que había crecido mucho, en ese momento ella suponía que el médico sospechaba que había más. Por eso participaron dos especialistas. Uno le operó la mama y el otro la axila.

Casi un mes después de la intervención, Adriana fue a retirar la biopsia y, mientras aguardaba el turno con la oncóloga, leyó que, finalmente, le habían extraído ocho tumores.»Sentí desconcierto, miedo, incertidumbre, terror, parálisis, bronca y fuerza. Todo junto. Allí ratificaban dos tipos de cáncer infiltrantes. Sentí terror en ese momento. Decía ´metástasis´ y eso horroriza. No lo comenté. Cuando pude, varias semanas después, le dije a mi esposo, pero él lo entendió recién este año. No pudo escucharlo durante todo el tratamiento. La mente humana es selectiva cuando duele», confiesa Adriana.

Posteriormente, debió someterse durante nueve meses a la quimioterapia y, además, recibió 25 sesiones de radioterapia. Recién terminó con el tratamiento en marzo de este año, unos días antes de que se decretara el aislamiento preventivo y obligatorio.

Una tarde de diciembre de 2019 Adriana se encontraba escuchando música sentada en el fondo de su casa. Fue el sábado anterior a terminar la última quimioterapia cuando estaba preparando la fiesta con su familia y amigos para celebrar el fin de una dura etapa. En ese contexto encendió la computadora y comenzó a escribir. Al primer relato lo tituló «Descubrimiento» y dice que, probablemente, fue lo primero que se le ocurrió porque fue el que reflejó con más contundencia (y menos estilo literario) la decisión de dar pelea a la enfermedad.

«Salió caminando. El sol en la cara, la sombra y frescura de los árboles ofreciendo refugio cada tantos metros. Camina y piensa en la belleza que ofrece su ciudad. Tan verde, tan colorida y perfumada, tanta variedad de flores en sus jardines, tan de características propias. El día le parece espléndido. Diáfano. Transparente. Belleza única de la primavera tardía. Camina y piensa en la reciente entrevista. Mira nuevamente el camino. Solo la separan tres cuadras eternas de su casa. Se va a morir. No se lo dijeron, pero lo siente. Se estremece» (extracto de Descubrimiento)

Y de esa manera continuó expresando todo tipo de sentimientos que emanaban de su cabeza y de su corazón. «Sentía que salían demonios escondidos que no sabía que estaban. Como si hubiera abierto la caja de pandora y a medida que escribía iba perdiendo angustia. Me aparecían las caras, los movimientos, las personas que traté. Me acompañaban de día y de noche, rondaban hasta que los escribía. A veces, me levantaba de madrugada a escribir y recién después volvía a dormirme. En otras oportunidades, me despertaba y no escribía porque necesitaba escribirlos en mi mente para después volcarlos a las letras».

Cuando ya tenía escritos varios relatos, Adriana se los envió por mail a una profesora de un taller literario que había realizado en 2014, quien comenzó a hacerle devoluciones. Luego, una amiga fue la promotora de que sus textos trascendieran los límites de su casa.

«Fue ella la que comenzó a decirme que no podían quedar en mis manos. Sin embargo, me pareció una exageración total. Me quedé pensándolo mucho y decidí hacer un blog que aún sigo con otros escritos. (adrianaposgrado.wixsite.com/misitio/my-blog). El blog no terminaba de convencerme porque se perdía el orden cronológico, el sentido y el mensaje a transmitir. Por eso comencé a hacer otros textos que no tenían nada que ver con mi enfermedad».

De esa manera, hace muy poquitos días y con algunos retoques, el blog se transformó en un libro titulado Relatos de una mujer con/sin cáncer donde en la tapa la palabra «con» aparece tachada.

«Siento mucha satisfacción, incredulidad y felicidad. Hice una presentación virtual y me acompañó mucha y el evento ya tiene más de 800 visualizaciones. No entiendo mucho, pero creo que es bastante. El legado del libro tiene que ver con enfrentar a la enfermedad, entregarse a los médicos que saben lo que hacen y no rendirse. No importa cuál es el resultado: vivir no tiene precio», se emociona.

Sin embargo, lo que más la llena de orgullo es poder compartir toda esta etapa de su vida junto a su marido, a sus hijos (Nahuel y Abel) y especialmente a sus tres nietitos que son la luz de sus ojos: Fidel (11) y las gemelas Simona y Almendra (7). «Mis nietitos están orgullosísimos. Una de las gemelas se bañó y se puso su mejor ropita para verme por la pantalla. Los otros dos estaban quietitos escuchando todo».

Adriana cuenta que está al tanto de que su libro ya lo leyeron muchas personas que lograron superar el cáncer o que están en camino de y todas (mujeres) le dijeron que se sintieron reflejadas en cada una de las historias. «Que sentían que lo habían escrito ellas. Eso para mí fue más importante que la misma publicación porque mi intención al escribir fue acompañar a otros en ese doloroso camino».

Actualmente, Adriana, aprovecha su tiempo libre haciendo talleres de escritura, una de sus grandes pasiones. Además, le gusta mucho tejer. Y volvió a trabajar.

«Me levanto temprano porque también me acuesto muy temprano. Enciendo la computadora mientras tomo mate y abro la plataforma virtual de provincia. Reviso las aulas, oriento a las y los cursantes (directores de escuelas primarias), tomo nota de las participaciones. Esta tarea la realizo dos o tres veces durante el día. Trato de mantenerme al día con conferencias, conversatorios y lecturas», dice Adriana, que se jubiló como inspectora de escuelas primarias donde fue directora durante 10 años.

Mientras sueña con volver a ver a sus tres nietos que viven en Bariloche, Adriana desea compartir un mensaje con aquella personas que se encuentran cursando cáncer u otra enfermedad. «Que se asusten, si lo necesitan, pero que no se entreguen al temor. Que peleen y sigan adelante. Que la mayor parte del tratamiento pasa por ´el balero´ de uno. Que sean felices a pesar de todo. Que cáncer ya no es sinónimo de muerte. Que la vida es hermosa y hay que vivirla».

Fuente: La Nación

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