Trabaja en el Hospital Rawson, es joven y deportista, se contagió y casi no la cuenta: «Hoy disfruto de las cosas simples»

«Me senté en el auto y de repente no podía respirar», recuerda. Claudio Cortez tenía coronavirus y fue trasladado de urgencia a la Clínica Santa Clara. Le pusieron oxígeno y quedó internado. «Esto demuestra lo vulnerable que somos», expresa el chimbero de 34 años que no tenía enfermedades previas. 


Por Pablo Zama

A Claudio Cortez (34 años) la vida le cambió en un segundo, cuando se dio cuenta de que no podía respirar y tuvo que ser trasladado de urgencia a la Clínica Santa Clara, en donde le pusieron oxígeno y lo salvaron.

El joven chimbero es deportista y no padece enfermedades crónicas. Pero se contagió de coronavirus y la pasó mal. Hoy, tras esa experiencia límite, asegura que pone el foco en las cosas simples de la vida.

«Fui a sacar el auto, porque mi pareja iba a limpiar ahí. Me senté para hacerlo arrancar y de repente no podía respirar. Era como que se me había cerrado la entrada del aire. Llamé a mi viejo, que se puso un buen barbijo, abrió las ventanillas del auto y me llevó a la clínica. En la guardia me pusieron oxigeno«, relata Claudio.

«Los dos pulmones estaban muy tomados»

Cortez es licenciado en producción de bioimágenes, profesión que ejerce desde hace cerca de 10 años. Actualmente se desempeña en el servicio de Diagnóstico por Imágenes del Hospital Rawson y en la Clínica Santa Clara. «Trabajo con pacientes con Covid», le cuenta a Diario Móvil.

«No tenía nada, estaba bien. Hacía natación, salía a correr, practicaba boxeo. Nunca tuve una enfermedad en mi vida. Casi ni me resfriaba», dice sorprendido por cómo actuó el virus en su cuerpo. «Esto le puede pasar a cualquiera. Es indiferente de la edad, estés bien o estés mal», reflexiona.

«La sensación que tenía era la misma que la de nadar bajo del agua y no poder tomar aire. Te desesperás y sólo querés que alguien te ayude a respirar», recuerda. Para el hombre, este fue el momento más difícil de su vida.

Claudio se iba a colocar la primera dosis contra el COVID-19 el martes 9 de marzo. «Tardé en vacunarme, no fui todavía, y el sábado (13) empecé con síntomas. Me hice el test y me dio positivo. Estuve una semana en mi casa, con fiebre y dolores musculares«, repasa.

«Estaba saturando oxígeno al 83 (lo normal es entre 95 y 100). Llamaba a la ambulancia y me decían que todavía no me debían llevar». Pero el domingo 14, cuando se sentó en el auto, ya no pudo más y tuvo que pedir ayuda.

«No reconocía a mis compañeros, porque estaban detrás de los trajes»

Cuando el médico vio la tomografía que le hicieron, Cortez supo lo que le pasaba: «Me asusté más, porque los dos pulmones estaban muy tomados, por eso no respiraba».

El cardiólogo Sebastián Lerga decidió internarlo en el área Covid y consiguió plasma para el joven profesional y para el resto de los pacientes. También le suministraron corticoides y antibióticos. «Había como 4 o 5 pacientes más, pero cada uno en una habitación particular», cuenta Cortez.

«Lo que menos queremos los que trabajamos en salud es terminar del otro lado. Me gusta ayudar a la gente, pero la situación de paciente es horrible«, expresa el especialista en bioimagen. Y confiesa: «Todos los que nos dedicamos a esto pensamos que no la vamos a pasar mal en caso de contagiarnos», porque conviven todo el tiempo con el virus.

Los días de internación 

Cortez asegura que durante su internación «trataba de estar lo mejor posible para no decaer y que bajen las defensas». El joven dice que su «fe en Dios» fue fundamental para salir de esa situación.

«No reconocía a mis compañeros, porque estaban detrás de los trajes, no sabía cuándo me estaba atendiendo uno de ellos». Claudio destaca «el profesionalismo» de médicos y enfermeros de la clínica para atender «a todos por igual y cuidarnos».

Cada día llamaban desde el centro de salud a su familia para contar cómo evolucionaba. Además le dejaron tener su celular para poder escribirle a sus padres y a su novia, con quien convive pero que, increíblemente, no se contagió.

«Antes me preocupaba por comprar ropa. Ahora sólo quiero comer un asado en familia»

«En la semana me fui mejorando de a poco. Por ser joven y no tener comorbilidades me recuperé y volví a mi casa. Pero quedé una semana en aislamiento para recuperar defensas», dice el profesional que este fin de semana ya podrá abrazar a sus padres.

Recibió el alta el sábado 27 de marzo, pero le indicaron que se tendrá que hacer estudios cardiológicos y también de los pulmones, para descartar que el coronavirus le haya dejado secuelas. «Me cuesta dormir por la noche, porque tengo un poco insomnio y me quedó un poco de dolor de garganta nomás», dice.

No sabe cómo se contagió y cuenta que sus padres, que son mayores de 60 años, ya tuvieron la enfermedad, «pero no les dio fuerte». «Uno no sabe todavía cómo es el comportamiento del virus. Ahora aconsejo de otra manera a mis familiares, porque si se contagian otra vez no sabemos si les va a dar más fuerte», aclara.

El hombre espera que lo habiliten para volver a su trabajo, porque le «encanta» su labor, a través de la que puede servir a los demás.

Después de enfrentar al coronavirus asegura que «la cuestión económica pasó a un tercer o cuarto plano». «Antes me preocupaba por tener un auto o comprar ropa. Ahora sólo quiero comer un asado con mi familia, y cuando pase la pandemia quiero volver a viajar, porque me gusta mucho», expresa.

«Me di cuenta de que hay que valorar las cosas simples»

Claudio cuenta que hoy ve «la vida de otra manera. Estar internado ahí y no poder ni siquiera ducharme, me hizo pensar mucho sobre lo vulnerable que somos».

«Cuando llegué a mi casa me sentía bien. Dejé que me cayera el agua caliente de la ducha y me sentí agradecido de algo tan simple. Sentarme a comer con mi pareja, salir a caminar con mis amigos, era algo común para mí. Pero te toca esta situación y te das cuenta de que hay que valorar hasta las cosas más simples«, relata el trabajador de la salud.

«Te puede pasar en cualquier momento algo así y uno cree que es fuerte. Somos muy afortunados de las posibilidades que nos da Dios«, concluye el joven que tuvo miedo de no salir de la soledad de esa habitación, en la que peleó con el virus durante 7 días que parecieron «meses o años».

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