Ejemplo de SUPERACIÓN: nació sin brazos y se recibió de ABOGADO tomando apuntes con los pies

Se trata de Ezequiel Wyss, es de San Martín, estudió Derecho gracias a una beca y consiguió trabajo en la AFIP. “Dejé de aclarar en el curriculum mi patología para que me llamaran a las entrevistas”, cuenta.


«Lo conocí en la facultad. Lo que más me llamaba la atención es que su condición no lo limitaba en nada. Solo pedía que lo ayuden a colocarse la mochila o que le acomoden el escritorio. Pero él hacía todo con los pies y tomaba apuntes a la par nuestra», cuenta Florentina Tancredi sobre Ezequiel Wyss, colega al que sigue admirando como desde el primer día.

Ezequiel (27), oriundo del partido de San Martín, nació sin brazos. Varios médicos atribuyeron su patología (amelia en miembros superiores) a una descarga eléctrica que sufrió su madre durante el embarazo, aunque nunca lo han podido precisar con exactitud. Sin embargo, su situación no le impidió recibirse de abogado y trabajar como profesional en AFIP tras años de búsqueda.

«Apenas nací fui a una incubadora en la que estaba con sondas y en estado delicado. Mi mamá me contó que un día me había sacado la sonda con los pies. El hecho de mi patología hizo que siempre me adapte a usarlos para todo», le confiesa Ezequiel a Clarín.

La infancia y la adolescencia de Ezequiel estuvieron repletas de médicos y de rehabilitación. Además de consultas y tratamientos, ya son siete las operaciones de columna que lleva a causa de una escoliosis que se hace más compleja por su discapacidad. «La última cirugía fue hace 11 años y recién estoy empezando a ver los efectos ahora, que prácticamente no siento dolor en la espalda», detalla Ezequiel.

Más allá de las incomodidades, el dolor o la falta de inserción, para «Eze» siempre hubo una sola prioridad: ser independiente. Tanto su papá -del corazón, pero que lo apoyó como a un hijo siempre- como su mamá lucharon por eso.

«Nunca me sobreprotegieron. Por ejemplo, con mi viejo siempre creamos distintas cosas que me faciliten el día a día (como un gancho de baño para poder bajarse los pantalones y la ropa interior o un dispenser de shampoo que puede presionar con la cabeza) pero la ayuda está ahí, en el acompañamiento, no en la sobreprotección», explica convencido.

Esa búsqueda de autonomía tan deseada por Ezequiel no fue fácil, especialmente en el colegio secundario. La concientización, tanto en autoridades como en compañeros, no era la misma hace algunos años y a veces, los pedidos de ayuda implicaban incomodidad. «Hasta que descubrimos el ganchito con papá, necesitaba que me bajen la ropa interior para ir al baño, y no siempre todos tenían muy buena predisposición», dice.

De todas formas, Ezequiel siempre encontró en cada lugar al que concurrió personas que lo marcaron con su ayuda. En el colegio, por ejemplo, un empleado de mantenimiento, con indicaciones de su terapista y su kinesióloga, le armó la mesa/escritorio que lo acompañaría en lo que restaba de colegio y en todos sus años en la universidad. En la pequeña mesita de madera, hay una base que sirve para sujetar cuadernos o libros, y está hecha a medida para que Ezequiel pueda escribir cómodo.

La universidad

Ezequiel comenzó a estudiar Derecho en la Universidad Católica de La Plata, en una extensión que funciona en el Colegio Agustinanode San Martín. Ya desde chico quería ser abogado y en el último año de la secundaria comenzó a aproximarse la oportunidad de estudiar gracias a un concurso que realizaron en el Colegio de Abogados del partido, en el que alumnos de último año debían teatralizar juicios penales.

El premio del concurso era una beca por un año para uno de los integrantes del curso. «Ganamos el concurso con mi grupo, pero prefería que se lo den a otro de mis compañeros. Luego de que terminara la beca, iba a ser imposible que podamos pagar el resto de los años de carrera«, recuerda Ezequiel. La única opción era la UBA, aunque por cuestiones de distancia iba a ser muy complicado. Sin embargo, gracias a sus profesores de Derecho y Construcción Ciudadana consiguió una beca completa.

«Cuando me dijeron la noticia no lo pude creer. Luego tuve una entrevista con el rector de la extensión, que para otorgarme la beca simplemente quería asegurarse que iba a terminar la carrera», cuenta el joven abogado.

Desde el primer día de cursada al día de su recibida (al que define como el segundo más feliz de su vida), Ezequiel destaca que en la Universidad se sintió totalmente integrado por primera vez. «Estaba en un lugar al que amaba ir y donde hacía lo que de verdad me hacía hacía sentir pleno. No estudiaba para aprobar, lo hacía porque realmente lo disfrutaba«, agrega sonriente.

El sueño de trabajar

Desde que comenzó a estudiar en la Universidad, la búsqueda de trabajo de Ezequiel fue incansable. Con el pasar de los años, la oferta laboral disminuía y su discapacidad no facilitaba el objetivo. «Dejé de aclarar en el curriculum mi patología para que al menos me llamen a las entrevistas. Cuando dejé de hacerlo me llamaban, pero una vez que me veían comenzaban las excusas», recuerda con angustia.

En el 2019, se presentó una nueva chance que, aunque Ezequiel no dejó pasar, no creía que pudiera llegar a concretarse: un puesto como abogado en AFIP. «Cuando me enteré que había postulaciones para abogados me anoté sin dudarlo, y al poco tiempo me citaron para dar un examen, en el que me fue muy bien».

Dos meses después llegó la primera entrevista. Fue tan importante para Ezequiel que lo citaran a sabiendas de su condición, que cuando le preguntaron sobre cuál rama del derecho prefería no dudo en la respuesta: cualquiera. «Quería ir a lo seguro», aclara entre risas.

Finalmente, llegó el primer día más feliz de la vida de Ezequiel: el mail de confirmación para el puesto. «¡No lo podía creer! Iba a trabajar en un lugar en el que me iba a poder sentir como cualquier persona. Me ofrecieron todo para que esté cómodo y solo pedí el ganchito en el baño. ¡Encima fue insólito! Como toda modificación se tiene que hacer por protocolo vino hasta un arquitecto para colocar el gancho, ¡es otro mundo!», relata todavía sorprendido.

Hoy, el joven abogado de San Martín disfruta ser «igual que cualquiera» y valora los cambios de perspectiva. «Cuando era chico la gente me miraba en la calle como si fuera anormal. Hoy saben que pueden ayudar desde otro lugar, y lo están empezando a hacer», concluye.

Clarín.

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